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PROPAGANDA

23 Oct

Antonio Tejedor Garcia. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

La propaganda, que en un principio aludía a la labor del jardinero que al plantar esquejes multiplicaba la planta, hoy en día se asocia a la acción de dar a conocer un tema con el fin de atraer adeptos o vender un producto. O más concretamente al uso sistemático de símbolos y técnicas psicológicas con la intención de alterar opiniones, ideas, valores… Una de las armas más importantes de la propaganda es la fuerza de la palabra. Hitler ya lo sabía: “Comprobóse allí que la violencia verbal era, además de conveniente, necesaria…” Pero cualquier elemento vale –la mentira, uno más- para influir en la opinión y en la acción de un individuo o de grupos de individuos. Nada importa el medio para conseguir el fin y eso, que se niega de palabra, es ley de obra. Que hay que tergiversar la realidad o presentar solo la parte conveniente silenciando el resto, que hay que mentir, engañar, exaltar las emociones, ocultar los razonamientos, se hace. El objetivo es el objetivo. La moral no importa. Después, repetirlo y repetirlo: “el éxito de un anuncio, sea comercial o político, se debe a la persistencia y asiduidad con que se emplea”. Eso escribió Hitler y confirmó Göbbels con el famoso aforismo de “una mentira mil veces repetida se convierte en una verdad”. Sin ir tan lejos tenemos ejemplos en casa para dar y vender desde el “España va bien” hasta el “no es no” o la coletilla de “la casta”.

Dan una importancia muy alta al uso de la propaganda en política y si la utilizan con tanta profusión es porque están seguros de su fuerza y de su poder de convicción. O de nuestra escasa capacidad para pensar. Porque ese es el reverso de la propaganda: la poca solidez de nuestras ideas. Nos tratan de tontos, de personas maleables como trozos de plastilina. Y una regla de tres simple: el abuso de la propaganda es directamente proporcional a la escasez de información y de cultura. Otro detalle a añadir: no la dirigen a cada persona individual, sino a grupos. A la gente se le sugestiona con mayor facilidad dentro de un grupo, de una multitud. En cuanto el individuo se esconda en ella se quiebra su credulidad y ya nada se interpone para que acabe siendo parte de una masa enfervorizada.

Todo esto lo hemos estado viendo en el conflicto catalán por parte de unos y otros. Demasiadas veces, resulta difícil desentrañar la verdad de la mentira, dilucidar dónde acaba la realidad y comienza la publicidad o cómo nos muestran ambas tan mezcladas que no hay modo de separarlas. La propaganda, un arma que no derrama sangre, dicen. Otra mentira más. Porque tiene consecuencias.

(Lo que viene a continuación NO pretende mezclar el problema catalán con la Yihad ni establecer términos comparativos de ninguna clase: solo estoy hablando de propaganda y para ello utilizo ejemplos. Absténganse los malpensantes y buscadores de problemas gratuitos)

Tiene consecuencias, repito y sino, que pregunten a los yihaddistas si la consecuencia de tanta propaganda no termina en el cementerio (ellos, en el paraíso). Por cierto, el paraíso es algo intangible, que solo pertenece a la fe, a la ilusión, al sentimiento. ¿Cómo han sido y son capaces de atraer jóvenes que han nacido en Occidente, jóvenes con un buen trabajo, a veces, integrados en la sociedad, con todas las comodidades deseables para llevarlos a la lucha armada, a la muerte? Según el filósofo francés P. Salazar la razón estriba en que su propaganda no va dirigida a la obtención de bienes materiales –lo único que podemos ofrecer en Occidente- sino a la emoción, al sentimiento, a la utopía. Venden exaltación del individuo, venden camaradería entre sus soldados, venden un cielo.

Con los nacionalismos, con todos, la propaganda ejerce su poder de un modo parecido. ¿Qué gana una persona en el sentido material con pertenecer a una nación o a otra, española o catalana, francesa o china? Nada, el tema fundamental, al parecer, va más allá de lo material, es cuestión de sentimiento. A mí, una de las cosas que más me ha llamado la atención y en cierta forma me ha extrañado es que el concepto de nación y de unidad / o de separación, esté por encima de la religión, de las ideologías, de la amistad e incluso de las familias. Algo que me aterra, por cierto. Y sin embargo, la única posibilidad que vislumbro reside en la pela, lo material que decía antes, la economía como muro capaz de detener la fuerza de estos sentimientos. El poder –siempre lo hemos tenido por infinito- del dios dinero. Aunque ya no estoy seguro. He oído que vivirán /viviremos más pobres, pero se sentirán / nos sentiremos más ricos.

De todas maneras, en este tema del nacionalismo, la fuerza de la propaganda va ser de una eficacia relativa, no será tan determinante como la fuerza del poder y, me temo -espero que se entre antes en razón-, de la violencia. Crucemos los dedos.

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Semana Santa

20 Mar

semana santa zamora

Antonio Tejedor Garcia. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Tambores, pero no de guerra. Tambores en el Bajo Aragón. Calanda, Híjar, La Puebla… Tambores que conocemos todos y a los que no es necesario darles más publicidad en esta tierra. Por eso quiero hablaros de otros tambores y otra Semana Santa, pues en cada geografía celebran los mismos hechos con ritos diferentes. Hablo de Zamora. ¿Zamora? Nombras Zamora y los oídos parece que tardan en acostumbrarse a la palabra, como si no quisiera entrar o de forma inconsciente la rechazaras o plantearas la duda que se levanta ante toda novedad. Suele ocurrir con las poco habituales, con las que oyes de tanto en cuanto y cuesta asociar a un lugar y, aún más, ubicarlas en el mapa. Indudablemente, algunos pensarán que exagero; pero me he topado con más de una sorpresa en el momento y con la gente menos esperada.

Zamora.

Castilla y León, en la frontera con Portugal. Una joya para los amantes del arte románico. Una ciudad con 27 iglesias y ermitas para satisfacer la curiosidad y el asombro ante estas glorias medievales. Eso, sin incluir dos obras en la provincia que podemos situar en un estrado superior: el monasterio de Moreruela (a 38 km de la ciudad) y sobre todo, el templo visigótico (siglo VII) de S. Pedro de la Nave, en Campillo a 13 km de la ciudad. Si aún te parece poco, Zamora ha sido incluida en la Ruta Europea del Modernismo (sello dejado por la burguesía harinera a principios del siglo XX) con edificios muy significativos en las principales calles de la ciudad. ¿Falta algo? Por supuesto. En unos días Zamora aparecerá en las televisiones de medio mundo con sus procesiones de Semana Santa. Un icono. Procesiones llenas de recogimiento, respeto y silencio (cada uno sabrá si estos nombres corresponden a un sentir religioso o meramente turístico). Lo que sí puedo decir es que son totalmente diferentes a las más publicitadas de Sevilla y Andalucía en general. Nada de saetas ni piropos al paso de cada Cristo o Virgen. Figuras que sobresalen por la belleza de la talla y no por los adornos. Imágenes que expresan dolor y muerte. Imágenes sobrias y austeras que parecen retratar el carácter de las gentes de Castilla.

Lo malo, si alguno a raíz de este artículo piensa en ir allí de vacaciones, es la dificultad de encontrar alojamiento. De cualquier forma, puede anotarlo en la agenda del año que viene o darse una vuelta por la ciudad en otra época del año y contemplar lo antes apuntado sobre el románico y el modernismo.

Dadas las fechas en las que estamos, me voy a ceñir a la Semana Santa. Por dar una idea de su importancia, podemos decir que en 1986 fue declarada de Interés Turístico Internacional y hace dos años Bien de Interés Cultural, tras lo que se espera sea pronto reconocida como Patrimonio Cultural inmaterial por la Unesco. Hay 17 hermandades y procesionan unos 32.000 cofrades (la mitad de la población de la ciudad, aunque muchos vivan fuera). Las procesiones salen de todas las iglesias y es necesario proveerse del correspondiente horario y recorrido. ¿Hora? Todas, desde la que sale a las 4´30 de la mañana del Jueves Santo y se recoge a las 11, con su famoso “Cinco de copas” que bailan en el interior de S. Juan al son de la Marcha de Talberg y recorre la ciudad hasta las Tres Cruces, donde se toman las típicas sopas de ajo, a las que salen a otra hora de la mañana, tarde o noche. Como todos, yo también tengo mis favoritas. Mención especial para dos de ellas: la del lunes con el canto del canon Oh Jerusalem en la plaza Santa Lucía (¡de impresión!) y sobre todo, la del miércoles noche, la popularmente llamada de las Capas Pardas. Creo que es la que mejor define la Semana Santa y Zamora. En medio de la oscuridad (se apagan las luces), un solo paso, un farol, al rato un toque de tambor. Un silencio sepulcral que solo se atreve a romper el río que discurre a sus pies.

Para una segunda visita –aunque no menos importante- quedaría la procesión del Santo Entierro que celebran en Bercianos de Aliste, un pequeño pueblo a 68 km de Zamora, y que por sus connotaciones especiales hace inevitable nuestra presencia. Como católico, una invitación al pensamiento sobre la muerte; como turista, una escenificación diferente. Según cuentan, el origen viene de una promesa tras librarse el pueblo de la peste a principios del XVI y ese milagro fue año a año conformando un espectáculo que pone los pelos de punta. Misa con un Cristo articulado, subida al Calvario en procesión de todos los vecinos, cada cual con su atavío propio (los miembros de la cofradía con la mortaja que vestirán en la tumba a su muerte y los demás con la típica capa alistana), hachones encendidos, pendones en manos de los más jóvenes… Para no perderla. Una recomendación: comer en alguno de los pueblos de la zona un chuletón de ternera alistana y regarla con un vino tinto de Toro. Sin más comentarios.

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