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LOS ESPAÑOLES SOMOS QUEJOSOS DE SALÓN

6 Abr

Ramiro GRAU MORANCHO

Abogado, Académico Correspondiente Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. www.ramirograumorancho.com
Ramiro Grau Morancho

Ramiro Grau Morancho

Hay dos tipos de españoles: una minoría que nos quejamos de lo que funciona mal, es decir, todo o casi todo, y una gran mayoría de personas que parecen argentinos, pues toda la fuerza se les va por la boca.

Son lo que yo llamo quejosos de salón, es decir, de cafetería, bar o taberna… La gente que grita, gesticula, se exalta, pone a parir al funcionario que le ha atendido mal en un organismo público, al cartero, al policía municipal, al guardia civil de tráfico, o al sumsum corda. Y como dice Cervantes en El Quijote: “Miró al soslayo, fuese y no hubo nada…”.

Son esas personas que te envían mensajes de wasap diciéndote “vamos a quedar, que tengo que contarte algo. ¡Estoy hasta los cojones del INEM!”, por ejemplo, y allá vas tú, a perder el tiempo, en nombre de una amistad mal entendida, en la que un contribuyente, expoliado y explotado, quiere hacerse participe de la última putada que le han hecho en un organismo oficial, o del maltrato recibido, por parte del funcionario de turno…

Hace unos días me mandó un mensaje un buen amigo, Graduado Social, para explicarme el trato despótico en la mayoría de los organismos públicos administrativos hacia los profesionales como él, cuyo tiempo es oro, pues luego cobran a sus clientes por las horas dedicadas a resolver cualquier encargo profesional que tengan que realizar, y como les exigen cita previa por internet, como si fueran un particular cualquiera.

Se quejaba, y creo que con mucha razón, de que no haya una ventanilla especial para profesionales, abogados, graduados sociales, gestores administrativos, asesores fiscales, etc., de forma que no tengan que perder el tiempo detrás del panadero de la esquina, o que se les exija la petición de cita previa por internet, como si los funcionarios no estuvieran al servicio de los ciudadanos, pues somos nosotros, al fin y al cabo, quiénes les pagamos el sueldo. Hoy por hoy, en la mayoría de los organismos púbicos, parece que cuándo “se dignan” atenderte, te están haciendo un favor…

Como ya estoy harto de que siempre me cuente las mismas historias para no dormir, y estoy cansado de que toda la fuerza se le vaya por la boca, con la mala educación que me caracteriza, le espeté –más o menos-, las siguientes preguntas:

  • ¿has hecho algún escrito de queja al organismo correspondiente, y lo has presentado por registro, para que quede constancia del mismo, y se vean obligados a contestarte?
  • ¿te has quejado al Colegio de Graduados Sociales?
  • ¿has enviado algún escrito a la prensa, denunciando lo sucedido?

Al decirme que no a las tres preguntas, le solté, a modo de exabrupto, que dejara de tocarme los cataplines, que ya estaba harto de oír siempre las mismas historias, cuándo no hace nada para corregir esas situaciones, e intentar que mejore esta mierda de sociedad –y administraciones públicas- que vamos a dejar a nuestros hijos.

Se quedó muy sorprendido, supongo que principalmente por mi mala educación, y me dijo muy humildemente que no tenía tiempo para hacer esas cosas, a lo que yo le contesté que lo que no tenía era ganas de hacerlo. Y que si todos hiciéramos lo mismo que él, este país si en algo iba a cambiar, iba a ser a peor.

Y añadí que con la gran cantidad de horas dedicadas a contarme estas historias, podía haber escrito todas las quejas del mundo, y hasta la enciclopedia Espasa…

Decididamente, no creo que vuelva a invitarme a tomar café.

Pues así somos –son- la mayoría de los españoles. Quejosos de salón, a los que toda la fuerza se les va por la boca, pero no hacen nada para arreglar las cosas e intentar solucionar los numerosos problemas existentes.

¿Ustedes creen que el mal funcionamiento de la sociedad, las injusticias, etc., van a cambiar por sí solas, por la inercia de las cosas…? Más bien será al contrario, que las situaciones injustas se perpetuarán con el tiempo, y al final los ciudadanos las acabarán viendo como “normales”.

Y así nos va.