Tag Archives: fanatismo

¿ERES UN FANÁTICO?

3 Abr

Antonio Tejedor Garcia. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Cuando una persona defiende con tenacidad desmedida sus creencias u opiniones, lo llamamos fanático. Dicho así, puede sonar demasiado tajante y radical; entre otras cosas por la ambigüedad de los adjetivos y porque se puede ser fanático en un tema y tolerante en otro, no todo es blanco o negro en nuestra vida.

El fanatismo es un tema complejo y profundo y no es mi intención penetrar en esos vericuetos, sino simplemente apuntar algunas consideraciones que puedan llevarnos a una reflexión personal. Empecemos por mostrar lo evidente, las características que lo definen con mayor claridad.

Los estudiosos del tema nos dicen que ser fanático implica la adhesión incondicional a una causa, la que sea. Una adhesión que supone, de facto, el desprecio hacia las demás, como si la suya fuera, no la idea mejor, sino la única. Se siente, además en la necesidad de imponerla y para ello si ha de echar mano de la violencia, la echa. En casos extremos, el fanatismo llega hasta la muerte de otras personas (tenemos ejemplos a diario, pero quisiera quedarme en unos términos más cercanos a nosotros, a nuestra casa, a nuestro entorno)

Si preguntáramos a un familiar, a un amigo, a uno mismo, sería difícil que cualquiera se definiera como fanático. Incluso es posible que se enfadara porque en la pregunta puede ver implícita una afirmación. Sin embargo, hay quien dice que esa respuesta rápida negativa bien pudiera resultar una pequeña señal de que en el camino estamos. Sería interesante que perdiéramos (o ganáramos) unos minutos para decirnos ante el espejo si nuestro deseo de imponer las propias ideas es habitual, si despreciamos a quienes son diferentes a nosotros por el mero hecho de serlo, sin tener un mínimo conocimiento de los que piensan o sienten o desean, si nos han dicho alguna vez que tenemos una mente cuadriculada y que nos ceñimos a unos esquemas rígidos, si nuestras ideas son incuestionables y no hay nada que discutir, si desconocemos lo que es el espíritu crítico y aceptamos lo que nos dicen nuestros ídolos o líderes sin pasarlo por el tamiz del propio cerebro.

El fanatismo está presente en distintos aspectos de la vida. Hay fanáticos de un club de fútbol, de cantantes, de grupos musicales, deportistas. Hay fanatismo religioso, personas que creen que las suyas son las únicas creencias válidas y, además, sagradas, intocables y jamás aceptan una crítica o una broma referente a cualquier aspecto de su religión porque se sienten insultados. El fanatismo religioso es el que más daño ha ocasionado a lo largo de la historia de la humanidad y ha dado lugar a cientos de guerras, de condenas y muertes como sucedió con la Santa Inquisición o, en la actualidad, con un sinfín de actos terroristas como vemos con los de la yihad. Aunque hoy en día, aquí, en España, el fanatismo más preocupante es el tipo político.

Hay investigaciones sobre el comportamiento del cerebro de un fanático y algunas conclusiones, a pesar de no poder otorgarles el certificado de científicas, resultan sorprendentes. Y un neurotransmisor, la dopamina, podría jugar un papel importante en el proceso, pues las neuronas que la manejan están relacionadas con las emociones que experimentamos y se activan cuando el organismo obtiene placer con alguna acción. Además, lo hacen en mayor medida cuanto más inesperada es la recompensa (una victoria imprevista, por ejemplo). La repetición de recompensas, lejos de contentar al fanático, le fuerza a alcanzar más y más, a convertirlo en insaciable, a no estar nunca satisfecho, lo que, de alguna manera, conlleva el propio castigo.

La palabra fan, en español, es un acortamiento de la inglesa fanatic y lo usamos, sobre todo, para el deporte, como una forma de desdeñar la propia palabra u ocultarla en un escenario en el que nosotros no representamos la obra y por tanto no nos afecta. Vale. Los auténticos fans, los realmente peligrosos, son los que proceden de la cantera religiosa y la política y ocupan parcelas de poder. Por una razón sencilla: sus comportamientos afectan a nuestras vidas, a nuestra libertad, a nuestras ideas y a nuestros actos. Además, según psicólogos y expertos que han estudiado la materia, son incorregibles, sus mentes han adoptado una estructura característica y podrían pasar de un tipo de fanatismo a otro, pero resultaría extremadamente complicado dar el paso de fanático a tolerante. En cualquier terreno serían ellos y los otros; los míos y los que están contra mí.

Entre los de a pie, podemos reconocerlos –reconocernos- en los enfados continuos ante la menor contradicción, en los insultos y descalificaciones en vez de la discusión o confrontación de ideas, en el desprecio al diferente sea moro, negro o rumano (los sudacas ya están mejor considerados), sea facha o podemita, sea homosexual o lesbiana. Añadimos otro rasgo más al fanático: la falta de empatía. Se ve incapaz de ponerse en el lugar y la situación del otro. Puede pegarle un botellazo en la cabeza al moro de turno o al hincha del equipo rival y a continuación ir al bar y comer un bocata y una cerveza sin que la conciencia le diga ni mu. A pesar de las apariencias, no son psicópatas; de hecho, pueden mostrar cariño o comprensión entre los de su tribu. Lo que sí son enfermos. El fanatismo es un trastorno cultural, adquirido a través del aprendizaje en casa, en el ambiente donde te mueves, en la sociedad.

¿Soluciones? En palabras de los psicólogos, para dejar de ver el mundo al revés se necesita resetear y reconfigurar el cerebro, darle un aprendizaje alternativo. ¿Vamos por ahí?

Anuncios