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Carlos Marx, el vidente

20 Jun

Por Antonio Tejedor. Profesor y Escritor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

La lectura de El capital, de Carlos Marx, es algo de lo que no puedo presumir. Me he limitado a resúmenes y extractos que pueden dar una idea general, pero que no conceden la aureola de marxista. En cambio, El manifiesto comunista, sí, y más de una vez. No es suficiente, lo sé, para escribir sobre el tema y por tanto me limito a una opinión muy somera y a transcribir de forma más o menos libre lo que personas más entendidas han escrito.

Voy leyendo por ahí y no puedo por menos de asombrarme de la capacidad de vaticinio de Don Carlos con más de 100 años de antelación; lo llamo vaticinio y no casualidad, porque él hizo un análisis y, como consecuencia, predijo una situación, la que padecemos ahora. Lo curioso del tema es que a esta conclusión no ha llegado el Partido Comunista ni ha sido él quien la ha sacado a la luz. Tampoco ha sido algún ideólogo de la izquierda, un bolchevique irredento o un antisistema radical, sino un columnista del periódico más liberal, el inglés The economist y que el profesor Vincenç Navarro publica en su blog del diario Público. Esto es lo que nos cuenta.

Una predicción de Marx aseguraba que la clase capitalista, los dueños y gestores del capital productivo, sería sustituida por los propietarios y gestores del capital especulativo y financiero. El propio columnista de The economist los considera elementos parasitarios de la riqueza creada por el capital productivo y además, los culpa del escandaloso crecimiento de las desigualdades, cada día mayores en el mundo. Tal cual lo dice The economist y si lo repito es porque a algunos no les cabrá en la cabeza, lo sé muy bien. Otra de las predicciones de Marx alertaba de las funestas consecuencias de la estrecha unión entre poder económico y poder político. ¿Cuántos políticos al finalizar su trabajo como tales acaban colocados en consejos de administración de grandes empresas como pago a sus favores? Nos suena esto, verdad, eso que han dado en llamar las puertas giratorias.

Marx también pronosticaba la monopolización del capital, tanto productivo como financiero, que es lo que está pasando en todos los países desarrollados. La famosa teoría de la competencia en demasiados casos se ha convertido en mera palabrería y lo hemos comprobado a lo largo de estos años de crisis donde los precios siguieron subiendo a pesar de la escasez de demanda por los bajos salarios. ¿No habíamos quedado en que bajaban los precios ante la falta de demanda? Unos salarios que siguen en caída libre aunque hablen de recuperación económica. ¿Para quién? También lo decía Marx: el capitalismo crea la pobreza a través del descenso salarial. Se recuperarán los dueños del negocio, pero nuestros salarios jamás volverán a alcanzar el nivel competitivo que tuvieron antes de la crisis del 2007. En teoría, tendrían que tardar algunos años y, al fin, llegar; pero no se les espera. Fundamentalmente porque no serán capaces de ofertar tantos puestos de trabajo que hagan necesaria una subida salarial de la mano de una supuesta competencia. Habrá robots, sistemas de automatización que se encarguen de muchos de nuestros trabajos actuales. Acordaos de la denostada renta básica universal, que ya viene de camino como primer tapón ante el temido estallido social.

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De la progresía y otras hierbas

31 May

Antonio Tejedor. Profesor y Escritor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

El control de los medios de comunicación social permite a cualquier tipo de poder desde adoctrinar hasta mentir, a conveniencia, y por el camino seguir los pasos intermedios de formar, informar y entretener, que es para lo que se supone deberían existir. La manipulación y tergiversación de los hechos es tan frecuente que se ha dejado de tener por pecado.”Sufro como un perro al leer la prensa”, decía García Márquez, que había sido periodista en su Colombia. Y para el que quiera profundizar en el tema le recomiendo un libro de Umberto Eco, Número Cero, en el que desentraña los entresijos de la prensa.

Prensa escrita, televisión, redes sociales… A través de ellas, cuando interesa, deforman. Empezando por las palabras. Las exprimen, las retuercen, las mezclan y cuando queremos darnos cuenta de su significado original no hay noticias. La manipulación del lenguaje es uno de los logros del poder y a través de él nada se les pone por delante a la hora de defender las cuestiones más peregrinas sin importarles -¡faltaría más!- cualquier contradicción de orden ético o moral. De esta manera son y han sido capaces de llamar intervención a la invasión de un país, o misión humanitaria a una guerra o, en plan más casero, regularización de activos a una amnistía fiscal. No es difícil encontrar discursos en los que se retuercen los hechos más injustos y terribles para que puedan ser digeridos con facilidad.

En otras ocasiones, esta contorsión del lenguaje se hace al revés; es decir, palabras amables y que suenan bien al oído se ensucian o convierten en chistes, las distorsionan y hacen pasar por norma cuando son solo excepciones y al cabo, acaban desprestigiadas y por el suelo. Esto es lo que ha pasado con la palabra progresista. De entrada, la han cercenado, la han cortado a progre y al progre lo han vituperado hasta dejarlo en un personaje, cuando menos, anacrónico. Mal visto, sujeto a cualquier chascarrillo. Y a cualquier insulto o desprecio cuando la cabeza no da para una razón (lo que sucede con bastante frecuencia). Han restringido su significado a una política y a una época. Este es el concepto que generalmente se tiene de la palabra progresista.

Pues bien, en defensa de la palabra y de cuantos se adhieren a ella y a su significado real y auténtico, tengo que recordar que progresista es un antónimo de conservador. O sea, una persona de ideas y actitudes avanzadas. En todos los órdenes de la vida, no solo en el ámbito de la política y la sociología. Una persona que no se conforma y pretende mejorar su vida y la de cuantos conviven a su alrededor. Sin atropellar a nadie, de forma legal y justa. No es un pura raza, por supuesto, y ninguno ha sido elevado a los altares. Es posible que los hechos no siempre sigan a las palabras, que haya poses, un poco de teatro. Lo de la viña del señor, que además de todo, también admite picaresca. Muchos se han quedado por el camino, perdieron la chaqueta de pana y ahora lucen bañadores Vilebrequin sobre la cubierta del yate. Pero todos tienen derecho a cambiar. Allá cada cual con sus razones.

La esencia del conservadurismo reside en mantener lo que se tiene, posesiones, ritmo de vida, tipo de sociedad. Están satisfechos y se niegan a que las cosas cambien. Recelan de cualquier novedad porque piensan que les va a perjudicar; eso sí, como suelen disponer de dinero, compran esos inventos si pueden rentabilizarlos. Ese es su auténtico dios y el baremo de todas las cosas: el dinero. Si no hay ganancia por medio, cualquier cambio puede esperar. Simplificando (que es gerundio) lo que produce dinero es bueno y lo demás no tiene sentido o es muy secundario. Solo si hay previsión de dinero se puede aceptar el cambio.

Por supuesto que el progre de chaqueta de pana y pelo largo ha desaparecido. Mejor dicho, ha desaparecido una estética, que es una de las múltiples formas de manipulación, la de querer convertirlos en una moda, y como tal, pasajera. La persona progresista es, fundamentalmente, una persona crítica, no obediente by default, la que exige participación y transparencia en la gestión pública, la que lucha por mejorar las condiciones de su vida y la de cuantos conviven a su alrededor. Quienes defienden la escuela y la sanidad pública, gestionada sin corrupción y bajo pautas económicas y sociales –está bien que exista la privada, pero que la pague- o unas pensiones dignas en vez de la falacia de los planes de pensiones son progresistas. Quienes pretenden una justicia justa y no mangoneada por ningún partido político, son progresistas. Quienes se enfrentan a los abusos de bancos y eléctricas, por poner ejemplos claros y cotidianos, también son progresistas. De igual manera, también lo son los que luchan por la igualdad de la mujer en todos los ámbitos, los que defienden la no discriminación por razón de sexo, raza, religión o quienes protestan contra las atrocidades empresariales que destrozan el planeta. Los que se opusieron a la guerra, incluida la de Irak y tras la cual han llegado los terribles atentados terroristas del Daesh o Al Qaeda también son progresistas.

Y así podríamos continuar con infinidad de temas. Sin que exista, repito, la pureza de raza. Porque se puede ser progresista en unos temas y conservador en otros. Y tampoco está reñida la progresía con mantener un tipo de vida digno, que ojalá pudiera llegar a todos. Lo que no hará un progresista es sostener con su voz y su voto un gobierno corrupto y que utiliza la justicia en su beneficio como personas y como organización.

Susanita tiene un ratón

24 May

Por Antonio Tejedor. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Un ratón, chiquitín…., cantaba Miliki.

Y tan chiquito. No ha asustado a nadie, más allá de algún niño repipi y despistado. Y eso que intentó darle un toque de fiereza con las fotos de cada barón en la punta de cada pelo del bigote. Pobre animalico. Lo que daba miedo era la foto, no el ratón. Guerra, Zapatero (¡qué desilusión!), Rubalcaba y los “baronitos” de hoy bajo el manto sagrado de san Felipe González, allá en el cielo de los millonarios arengando a sus huestes de descamisados en la tierra. Se os ha pasado el arroz, señores. Y de paso, nos habéis proporcionado un signo de esperanza. Débil, no voy a negarlo. Pero ante la negrura del panorama, nos agarramos a un Pedro ardiendo. Dudo que haya a la vista alguna posibilidad de que este país se regenere (un poco) y que los corruptos paguen lo que han robado con la devolución del dinero y con cárcel, si así está tipificado en las leyes. Pero, por si acaso, otro santo al que solemos agarrarnos Soy consciente de que la economía tampoco va a cambiar un ápice más allá de algún toque a esta ley o la otra, siempre que no estropee demasiado el hato de las empresas. Hablaba simplemente y nada menos que de moralidad, de altura democrática. A corto plazo (y me temo que a largo) no podemos aspirar a mucho más.

¡Qué palo se ha llevado esta banda! A estas horas los imagino bajo la tierra, que habrá hecho caso a su grito de “trágame” y los ha engullido. Ellos, que se creían dueños y señores del voto y la confianza de las bases, ¡abandonados! ¡Qué desilusión! Quiero hacer un brindis por la militancia socialista (aunque discrepe de muchas de sus ideas) porque han demostrado capacidad de crítica y que no se pliegan al discurso vacuo y falto de enjundia del líder. Y no es la primera vez que lo hacen. Se equivocarán o no, pero deciden ellos. ¡Mira que si las bases peperas se rebelan igualmente y en un ejercicio ético de altura deciden no votar a sus corruptos! Jo, eso sí que sería un milagro.

El partido socialista es el único de los de su nombre en Europa que, mal que bien, va resistiendo los embates del neoliberalismo a pesar de los intentos de su gerentocracia de desideologizarlo y convertirlo en un adlátere dócil del capitalismo que nos domina. Por todo esto y unas cuantas razones más, la victoria de Pedro Sánchez / derrota de Susana, la sultana, nos trae un rayo de esperanza. Chiquitína, como el ratón, pero algo es algo. Solo por esas nefastas declaraciones de que la indignación de los españoles venía a cuenta de que no podían aspirar al chalet en la playa es para que te manden a freír espárragos. Susana, no tienes ni idea de lo que es un obrero de la construcción o del campo o de un taller o una dependienta. Anda, deja de hacerte fotitos con el torero que pasa o la folclórica más cercana y habla con esos obreros. Pregúntales a qué aspiran, qué desean, qué es para ellos lo importante. Lo tuyo, ya lo sé, es codearte con la gente de bien que, como tantos, confundes con la gente de dinero. Y no son necesariamente sinónimos. Y qué falta de elegancia, la tuya, sultana! Si tuvieras un mínimo sentido de la democracia, te hubieras esperado, hubieras felicitado a Pedro Sánchez y mostrado tu apoyo. ¡Qué menos! Es tu compañero de partido, no tu adversario, no es Rajoy o Iglesias. Has quedado a la altura del barro.

Veo la foto de Susana con toda esta baronía y aún me enrabieto más. ¿Estos son a los que las huestes del PP han estado denostando y poniendo a parir durante años? ¿Estos son a quienes odiaban, amenazaban de muerte, insultaban y maldecían? ¿Estos barones eran sus enemigos? ¿Estos eran a quienes acusaban de chalanear con los terroristas, a quienes tachaban de bobos solemnes, radicales, putas baratas y cien barbaridades más? La altura del teatro en España está por las nubes, no hay duda.

Urge la limpieza del país, Susana, y tú no estás por la labor. Una limpieza a fondo, que no quede ni un átomo de mugre. Con mis reparos, pero bienvenido, Pedro

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Era post-trabajo

16 May

Antonio Tejedor García. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Cada día suenan voces más altas y más autorizadas sobre un futuro en el que el trabajo no será la actividad primordial del ser humano. Habrá trabajo, por supuesto, pero no será masivo. Eso que hemos ido persiguiendo desde tiempo inmemorial, el pleno empleo, ya nadie lo nombra. No existe y aún menos existirá. La tecnología que disponemos en la actualidad y la que dispondremos, como en su día sucedió con la revolución industrial, descargará la faena sobre las máquinas, los robots y los elementos de automatización. Y no es cuestión de repetir el error de los ludistas británicos que se dedicaban a romper los telares industriales pues, decían, acabarían con el trabajo de los artesanos. ¿Qué hemos de hacer? Cruzarnos de brazos y esperar a que nos lo den hecho sería un desastre que pagarían futuras generaciones. El futuro hay que inventarlo, nada está determinado ni a nivel social ni a nivel económico.

Hablo de un futuro a corto plazo, a unos quince o veinte años. El empleo caerá en picado, que nadie se lleve a engaño. Los supermercados funcionarán sin cajeras, los bancos y las oficinas sin personal, los trenes y otros medios de transporte sin conductores, las escuelas sin apenas maestros o los hospitales con muchos menos médicos. El progreso tecnológico llegará a todos los ámbitos y, tal como ha ido trayendo la desaparición de trabajos típicos de una clase media, las nuevas tecnologías se llevarán por delante trabajos de más baja cualificación y peor remunerados. Más ahorro de costes. ¿Alguien se extraña de que exijan a los robots cotizar por cada puesto que eliminen? Porque de algún lugar ha de salir el dinero. O bien se fabrica, se distribuye y en paz. ¿Alguna otra alternativa? Resulta curioso que la famosa renta básica universal haya dejado de ser patrimonio de la izquierda, que ha introducido su discusión ante la imposibilidad de obtener un trabajo remunerado para todos y haya entrado en los salones principales. ¿Saben que hasta en Davos, mítico pedestal del poder real a escala mundial, se ha comenzado a hablar de la renta básica? No sé de qué manera la intentarán camuflar para que no parezca lo que es, pero no tardaremos mucho tiempo en verla: cualquier cosa con tal de que no se rebelen. Lo cual implica que los medios de producción permanecerán en las mismas manos. Y ahí estará la batalla futura, en el intento de democratizar los beneficios del progreso. Si no se logra, la sociedad del Gran Hermano caerá con todo su peso.

Hoy en día, el capitalismo ya no puede satisfacer la demanda de trabajo de la humanidad, ni siquiera con ideas alternativas tipo trabajo temporal, freelance, tiempo parcial y similares. El trabajo que antes de la crisis hacía un trabajador ahora lo hacen dos. Como mínimo. Olvídense del trabajo para toda la vida, del trabajo seguro. Si en un tiempo perdió su carácter divino y más tarde dejó de ser el camino de realización personal y un deber moral, pronto se convertirá en algo residual, un premio para los más activos y quizás más obedientes. Apenas habrá funcionarios. Tras la masacre obrera de Chicago en que forzaron la jornada laboral de 8 horas hace ya más de 100 años, se ha continuado reivindicando la de 40 semanales y alcanzar la de 20 será posible sin tardar mucho. Hay quien asegura que podríamos vivir en una sociedad casi sin trabajar, que la tecnología actual lo haría posible si cambiaran las relaciones sociales. Y que podríamos hacerlo sin bajar nuestro nivel de vida. Lo bueno es que no tendremos que detraer tiempo para gobernar la república de nuestros amigos, nuestras aficiones, nuestros amores. Pero habrá inconvenientes difíciles de soslayar. Uno de ellos, el aburrimiento. Demasiada gente no sabe qué hacer con el tiempo y no sé si el fútbol, el móvil y la Netflix darán juego para tantas horas muertas.

El problema grande sigue en el mismo lugar que hasta ahora. Dejamos el futuro en manos privadas o le otorgamos al poder público la capacidad de control sobre lo que se automatiza, en qué tecnologías se invierte y cuales se utilizan. That`s the question, que dijo Shakespeare. Señores, entramos en la sociedad del post-trabajo, a ver cómo nos las arreglamos

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Geoffrey Hinton, el científico que propone la renta básica universal

La solución es cambiar el sistema político de forma que cuando se crea más riqueza, porque las maquinas son más eficaces, esa riqueza se reparta

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Geofrey Hinton

Geoffrey Hinton no es un científico cualquiera, es el padrino de la inteligencia artificial, y cuyas opiniones son hoy en día muy valoradas en el ámbito científico. Si una cosa tiene clara es que la responsabilidad de lo que hagan las máquinas no es de los científicos, sino de los políticos. Las máquinas, dice, son tan inteligentes para realizar muchos de los trabajos actuales, de forma que la gente se queda sin empleo. Que las máquinas puedan hacer trabajos empleando menos gente es intrínsecamente más eficaz, y debería ser bueno para la gente. Y lo que queremos es que sea mejor para toda la gente y no solo para unos pocos, estando la solución en manos de los políticos y son los políticos quienes deben resolverlo. Y los políticos pueden hacerlo implantando la renta básica universal como única solución a la perdida de trabajos por los robots, con lo que estoy a favor de eso, dice. Porque lo que es seguro es que no puedes detener el progreso. La solución es cambiar el sistema político de forma que cuando se crea más riqueza, porque las maquinas son más eficaces, esa riqueza se reparta. Afirmando, que necesitamos verdaderos líderes políticos, y que a la gente le gusta pensar que si las cosas van mal es por los líderes políticos, en lugar de pensar en términos de sistemas. Es el sistema social y sus dinámicas lo que deberíamos entender y organizar para que funcione bien.

Para Geoffrey Hinton, hoy en día para encontrar trabajo es más fácil si estudias redes neuronales. Pero si quieres cambiar el mundo, estudia ciencias sociales.

Geoffrey Hinton, nació en Londres en 1947. Estudió Psicología Experimental en Cambridge. Sumergido en las claves de nuestra mente, decidió que podía replicarlas y llevarlas a la computación. Se inspiró en la biología para programar y creó lo que se llama “redes neuronales”, considerándosele el “padrino” de la inteligencia artificial. Se le considera un genio, un visionario, fijándose en él Silicón Valley. Investiga, desarrolla y aplica sus conocimientos científicas en Google, en asistentes virtuales, en los traductores simultáneos, en el reconocimiento de imágenes, en el predictor de palabras, en los coches sin conductor…

Origen: Conazento

Una golondrina no hace verano

25 Abr

Antonio Tejedor García. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Siempre me ha llamado la atención el gran número de imágenes creativas con que quieren –queremos y querremos- dar apoyo a la lectura, buscar posibles aficionados hasta debajo de las piedras y donde no haya posibles sacarlos de la nada con algún tipo de arte aunque se ribetee con tintes de magia. Leer, además de un entretenimiento, es el principio del saber y del pensar; es tratar de conocerse a uno mismo que es, en palabras de Cervantes, el más difícil conocimiento que puede uno imaginarse; es aceptar la sabiduría de los demás y empezar a filtrarla por el tamiz de las propias capacidades, que serán mayores a medida que nos impregne esa capa externa de la cultura de los otros. Leer es, también, un acto de humildad en este mundo de soberbios, donde demasiada gente se cree superior al resto del género humano por razones que, siendo prudentes y considerados, llamaríamos simplemente espurias. Allá ellos. Yo me siento feliz con un libro en la mano.

Ayer, día del libro, quizás fuera el menos indicado para esta glosa de la lectura por lo repetitivo del tema y la ingente cantidad de noticias referidas a ella. Llega a abrumar, esa concentración de datos, entrevistas, opiniones, informes, imágenes. Todo en veinticuatro horas. El resto del año, casi un desierto. Este es el drama de ese invento del día de… Parece una simple justificación, un ponerlo para que se callen y no digan en vez de ser una forma de potenciar el libro. Una golondrina no hace verano, dice el refrán. Lo sé y lo saben. Quienes deberían convertir este día del libro en todos los días un libro, todos los días unas páginas de ese libro, lo saben. Pero no debe interesar. Vale, quitémosle el debe: no interesa. Parafraseando a Arquímedes, diríamos que toda lectura sumergida en una sociedad experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de la ignorancia desalojada. Lava de volcán. La lava quema, claro. Quema esa ignorancia, atempera las emociones, calma las pasiones, permite una discusión civilizada, pero con razones suficientes como para defender el punto de vista de cada uno. Ah, esa diversidad, ese alejamiento del pensamiento único, esa dificultad para convencer al que tiene otras ideas, esa ansia por la imposición. Es más fácil trabajar con las emociones, qué duda cabe, tocar la fibra sensible que distraiga el objetivo, que oculte los razonamientos. La lectura los potencia y ese es el problema.

Pero como decía Henry Ford, el último dólar me lo gastaré en propaganda, en airear la necesidad de leer, de pensar, de saber. Aunque solo sea para que no me engañen.

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¿Queda alguien limpio por ahí?

20 Abr

Antonio Tejedor García. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

En alguna ocasión todos, hemos despotricado contra la justicia –aunque no nos referimos a la que juzga a los mortales de a pie, sino a la justicia politizada del Tribunal Supremo y del Constitucional nombrada a dedo por PP y PSOE- Ahora, aunque se nos tache de oportunistas, aplaudimos sin reparos. Y no lo digo porque hayan obligado a testificar a Rajoy o detengan a González, que hace años que ambos debían haber cumplido este trámite. Aplaudo porque considero que cumplen con su trabajo. Porque investigan a pesar de las presiones a que son sometidos. Luego veremos si son capaces de aportar pruebas y de los indicios se pasa a evidencias sólidas y demostrables. Solo quienes tienen algo que esconder pueden oponerse a que se investigue y a que cualquier persona, ocupe el cargo que ocupe, pueda testificar. Sea Rajoy o el sumsum corda. Por encima de la ley, ni Dios. Otra cosa es que la ley sea justa o injusta y empecemos a sacar harina de otro costal.

Parece que la testificación de Rajoy fuera una monstruosidad y un ataque (¿otro ataque?) al PP. Pobre víctima. El dictamen del juez ha caído como una especie de obús en la sede de Génova y la explosión ha dejado todo negro (el dinero con el que se pagó la reforma, más aún) Ha debido de quemar hasta las ideas, el carácter de muchos, la sonrisa con la que solían espantar malos agüeros, la falsa colaboración que siempre han ofrecido y nunca cumplido. Mariano, como si se enfrentara a un periodista de la Cope en vez de a un tribunal, va a contestar a lo que quiera. Eso ha dicho Maíllo. Tiene miedo de que se trabe y le resulte “very difficult todo esto”. O que le dé por aclarar qué es lo cierto de lo publicado por los medios, o que repita lo que después del año 14 viene el 15. Incluso lo veo muy capaz de decirle que “No he dormido nada. No me pregunten demasiado si hacen el favor” Aunque también puede hacerles la pelota y declarar que los jueces son mucho jueces y demostrarles fehacientemente que la Gürtel sigue siendo una trama contra el PP y a ver qué esperan para detener a los denunciantes y a la prensa canallesca.

De momento, no le han hecho caso y el detenido es Ignacio González, el del ático de Marbella que, casualmente, también fue Presidente de la Comunidad de Madrid en las filas del PP y bajo los auspicios de Esperanza Aguirre. Tengo la sensación de que con esta detención empiezan a llamar a la puerta de la Condesa de las Mamandurrias. ¿Queda alguien limpio por ahí? Se agotan los casos particulares y el hedor llega a Marte y más lejos por más que aprieten la nariz en un intento desesperado de negar la luz del día. Se puede ser de derechas o de izquierdas, se puede tener una ideología que defienda unos intereses u otros, pero no se puede ser corrupto. Y no se puede defender la corrupción. No se puede utilizar la res publica para el bolsillo privado. Lo que ha sucedido en este país desde la reinstauración democrática ha sido un saqueo continuo por parte de estos y de aquellos. Creo que más de estos, pero no pongo la mano en el fuego por ninguno. Y no sabemos ni la centésima parte de lo sucedido. Sigo, por tanto, sin comprender el forofismo de quienes defienden a los corruptos por el simple hecho de ser de los suyos como si fueran hinchas de un equipo de fútbol. Esto es mucho más serio, señores. Otra persona de otro partido que hubiera cometido el mismo delito sería reo de muerte (al menos, política), pero si la comete uno de los míos la disculpo en nombre de no sé qué. O incluso, lo jaleo, le voto de nuevo. Y, por increíble que parezca, lo seguirán haciendo.

El problema de la corrupción es que lo hemos asumido como un hecho cultural más, está ya en nuestros genes y demasiada gente sigue pensando que el que no roba es porque no tiene posibilidades o es tonto. Yo, sin embargo, pienso que es porque saben que no deben hacerlo, es una cuestión de orden ético y moral, de decencia. De dignidad. Tienen conciencia. Saben que lo público es de todos, mío también. Y saben, también, que el dinero no es la única norma de vida en una persona.

¿Algún día dejaremos de oler a podrido?

¿ERES UN FANÁTICO?

3 Abr

Antonio Tejedor Garcia. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Cuando una persona defiende con tenacidad desmedida sus creencias u opiniones, lo llamamos fanático. Dicho así, puede sonar demasiado tajante y radical; entre otras cosas por la ambigüedad de los adjetivos y porque se puede ser fanático en un tema y tolerante en otro, no todo es blanco o negro en nuestra vida.

El fanatismo es un tema complejo y profundo y no es mi intención penetrar en esos vericuetos, sino simplemente apuntar algunas consideraciones que puedan llevarnos a una reflexión personal. Empecemos por mostrar lo evidente, las características que lo definen con mayor claridad.

Los estudiosos del tema nos dicen que ser fanático implica la adhesión incondicional a una causa, la que sea. Una adhesión que supone, de facto, el desprecio hacia las demás, como si la suya fuera, no la idea mejor, sino la única. Se siente, además en la necesidad de imponerla y para ello si ha de echar mano de la violencia, la echa. En casos extremos, el fanatismo llega hasta la muerte de otras personas (tenemos ejemplos a diario, pero quisiera quedarme en unos términos más cercanos a nosotros, a nuestra casa, a nuestro entorno)

Si preguntáramos a un familiar, a un amigo, a uno mismo, sería difícil que cualquiera se definiera como fanático. Incluso es posible que se enfadara porque en la pregunta puede ver implícita una afirmación. Sin embargo, hay quien dice que esa respuesta rápida negativa bien pudiera resultar una pequeña señal de que en el camino estamos. Sería interesante que perdiéramos (o ganáramos) unos minutos para decirnos ante el espejo si nuestro deseo de imponer las propias ideas es habitual, si despreciamos a quienes son diferentes a nosotros por el mero hecho de serlo, sin tener un mínimo conocimiento de los que piensan o sienten o desean, si nos han dicho alguna vez que tenemos una mente cuadriculada y que nos ceñimos a unos esquemas rígidos, si nuestras ideas son incuestionables y no hay nada que discutir, si desconocemos lo que es el espíritu crítico y aceptamos lo que nos dicen nuestros ídolos o líderes sin pasarlo por el tamiz del propio cerebro.

El fanatismo está presente en distintos aspectos de la vida. Hay fanáticos de un club de fútbol, de cantantes, de grupos musicales, deportistas. Hay fanatismo religioso, personas que creen que las suyas son las únicas creencias válidas y, además, sagradas, intocables y jamás aceptan una crítica o una broma referente a cualquier aspecto de su religión porque se sienten insultados. El fanatismo religioso es el que más daño ha ocasionado a lo largo de la historia de la humanidad y ha dado lugar a cientos de guerras, de condenas y muertes como sucedió con la Santa Inquisición o, en la actualidad, con un sinfín de actos terroristas como vemos con los de la yihad. Aunque hoy en día, aquí, en España, el fanatismo más preocupante es el tipo político.

Hay investigaciones sobre el comportamiento del cerebro de un fanático y algunas conclusiones, a pesar de no poder otorgarles el certificado de científicas, resultan sorprendentes. Y un neurotransmisor, la dopamina, podría jugar un papel importante en el proceso, pues las neuronas que la manejan están relacionadas con las emociones que experimentamos y se activan cuando el organismo obtiene placer con alguna acción. Además, lo hacen en mayor medida cuanto más inesperada es la recompensa (una victoria imprevista, por ejemplo). La repetición de recompensas, lejos de contentar al fanático, le fuerza a alcanzar más y más, a convertirlo en insaciable, a no estar nunca satisfecho, lo que, de alguna manera, conlleva el propio castigo.

La palabra fan, en español, es un acortamiento de la inglesa fanatic y lo usamos, sobre todo, para el deporte, como una forma de desdeñar la propia palabra u ocultarla en un escenario en el que nosotros no representamos la obra y por tanto no nos afecta. Vale. Los auténticos fans, los realmente peligrosos, son los que proceden de la cantera religiosa y la política y ocupan parcelas de poder. Por una razón sencilla: sus comportamientos afectan a nuestras vidas, a nuestra libertad, a nuestras ideas y a nuestros actos. Además, según psicólogos y expertos que han estudiado la materia, son incorregibles, sus mentes han adoptado una estructura característica y podrían pasar de un tipo de fanatismo a otro, pero resultaría extremadamente complicado dar el paso de fanático a tolerante. En cualquier terreno serían ellos y los otros; los míos y los que están contra mí.

Entre los de a pie, podemos reconocerlos –reconocernos- en los enfados continuos ante la menor contradicción, en los insultos y descalificaciones en vez de la discusión o confrontación de ideas, en el desprecio al diferente sea moro, negro o rumano (los sudacas ya están mejor considerados), sea facha o podemita, sea homosexual o lesbiana. Añadimos otro rasgo más al fanático: la falta de empatía. Se ve incapaz de ponerse en el lugar y la situación del otro. Puede pegarle un botellazo en la cabeza al moro de turno o al hincha del equipo rival y a continuación ir al bar y comer un bocata y una cerveza sin que la conciencia le diga ni mu. A pesar de las apariencias, no son psicópatas; de hecho, pueden mostrar cariño o comprensión entre los de su tribu. Lo que sí son enfermos. El fanatismo es un trastorno cultural, adquirido a través del aprendizaje en casa, en el ambiente donde te mueves, en la sociedad.

¿Soluciones? En palabras de los psicólogos, para dejar de ver el mundo al revés se necesita resetear y reconfigurar el cerebro, darle un aprendizaje alternativo. ¿Vamos por ahí?