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Una golondrina no hace verano

25 Abr

Antonio Tejedor García. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Siempre me ha llamado la atención el gran número de imágenes creativas con que quieren –queremos y querremos- dar apoyo a la lectura, buscar posibles aficionados hasta debajo de las piedras y donde no haya posibles sacarlos de la nada con algún tipo de arte aunque se ribetee con tintes de magia. Leer, además de un entretenimiento, es el principio del saber y del pensar; es tratar de conocerse a uno mismo que es, en palabras de Cervantes, el más difícil conocimiento que puede uno imaginarse; es aceptar la sabiduría de los demás y empezar a filtrarla por el tamiz de las propias capacidades, que serán mayores a medida que nos impregne esa capa externa de la cultura de los otros. Leer es, también, un acto de humildad en este mundo de soberbios, donde demasiada gente se cree superior al resto del género humano por razones que, siendo prudentes y considerados, llamaríamos simplemente espurias. Allá ellos. Yo me siento feliz con un libro en la mano.

Ayer, día del libro, quizás fuera el menos indicado para esta glosa de la lectura por lo repetitivo del tema y la ingente cantidad de noticias referidas a ella. Llega a abrumar, esa concentración de datos, entrevistas, opiniones, informes, imágenes. Todo en veinticuatro horas. El resto del año, casi un desierto. Este es el drama de ese invento del día de… Parece una simple justificación, un ponerlo para que se callen y no digan en vez de ser una forma de potenciar el libro. Una golondrina no hace verano, dice el refrán. Lo sé y lo saben. Quienes deberían convertir este día del libro en todos los días un libro, todos los días unas páginas de ese libro, lo saben. Pero no debe interesar. Vale, quitémosle el debe: no interesa. Parafraseando a Arquímedes, diríamos que toda lectura sumergida en una sociedad experimenta un empuje vertical y hacia arriba igual al peso de la ignorancia desalojada. Lava de volcán. La lava quema, claro. Quema esa ignorancia, atempera las emociones, calma las pasiones, permite una discusión civilizada, pero con razones suficientes como para defender el punto de vista de cada uno. Ah, esa diversidad, ese alejamiento del pensamiento único, esa dificultad para convencer al que tiene otras ideas, esa ansia por la imposición. Es más fácil trabajar con las emociones, qué duda cabe, tocar la fibra sensible que distraiga el objetivo, que oculte los razonamientos. La lectura los potencia y ese es el problema.

Pero como decía Henry Ford, el último dólar me lo gastaré en propaganda, en airear la necesidad de leer, de pensar, de saber. Aunque solo sea para que no me engañen.

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¿Queda alguien limpio por ahí?

20 Abr

Antonio Tejedor García. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

En alguna ocasión todos, hemos despotricado contra la justicia –aunque no nos referimos a la que juzga a los mortales de a pie, sino a la justicia politizada del Tribunal Supremo y del Constitucional nombrada a dedo por PP y PSOE- Ahora, aunque se nos tache de oportunistas, aplaudimos sin reparos. Y no lo digo porque hayan obligado a testificar a Rajoy o detengan a González, que hace años que ambos debían haber cumplido este trámite. Aplaudo porque considero que cumplen con su trabajo. Porque investigan a pesar de las presiones a que son sometidos. Luego veremos si son capaces de aportar pruebas y de los indicios se pasa a evidencias sólidas y demostrables. Solo quienes tienen algo que esconder pueden oponerse a que se investigue y a que cualquier persona, ocupe el cargo que ocupe, pueda testificar. Sea Rajoy o el sumsum corda. Por encima de la ley, ni Dios. Otra cosa es que la ley sea justa o injusta y empecemos a sacar harina de otro costal.

Parece que la testificación de Rajoy fuera una monstruosidad y un ataque (¿otro ataque?) al PP. Pobre víctima. El dictamen del juez ha caído como una especie de obús en la sede de Génova y la explosión ha dejado todo negro (el dinero con el que se pagó la reforma, más aún) Ha debido de quemar hasta las ideas, el carácter de muchos, la sonrisa con la que solían espantar malos agüeros, la falsa colaboración que siempre han ofrecido y nunca cumplido. Mariano, como si se enfrentara a un periodista de la Cope en vez de a un tribunal, va a contestar a lo que quiera. Eso ha dicho Maíllo. Tiene miedo de que se trabe y le resulte “very difficult todo esto”. O que le dé por aclarar qué es lo cierto de lo publicado por los medios, o que repita lo que después del año 14 viene el 15. Incluso lo veo muy capaz de decirle que “No he dormido nada. No me pregunten demasiado si hacen el favor” Aunque también puede hacerles la pelota y declarar que los jueces son mucho jueces y demostrarles fehacientemente que la Gürtel sigue siendo una trama contra el PP y a ver qué esperan para detener a los denunciantes y a la prensa canallesca.

De momento, no le han hecho caso y el detenido es Ignacio González, el del ático de Marbella que, casualmente, también fue Presidente de la Comunidad de Madrid en las filas del PP y bajo los auspicios de Esperanza Aguirre. Tengo la sensación de que con esta detención empiezan a llamar a la puerta de la Condesa de las Mamandurrias. ¿Queda alguien limpio por ahí? Se agotan los casos particulares y el hedor llega a Marte y más lejos por más que aprieten la nariz en un intento desesperado de negar la luz del día. Se puede ser de derechas o de izquierdas, se puede tener una ideología que defienda unos intereses u otros, pero no se puede ser corrupto. Y no se puede defender la corrupción. No se puede utilizar la res publica para el bolsillo privado. Lo que ha sucedido en este país desde la reinstauración democrática ha sido un saqueo continuo por parte de estos y de aquellos. Creo que más de estos, pero no pongo la mano en el fuego por ninguno. Y no sabemos ni la centésima parte de lo sucedido. Sigo, por tanto, sin comprender el forofismo de quienes defienden a los corruptos por el simple hecho de ser de los suyos como si fueran hinchas de un equipo de fútbol. Esto es mucho más serio, señores. Otra persona de otro partido que hubiera cometido el mismo delito sería reo de muerte (al menos, política), pero si la comete uno de los míos la disculpo en nombre de no sé qué. O incluso, lo jaleo, le voto de nuevo. Y, por increíble que parezca, lo seguirán haciendo.

El problema de la corrupción es que lo hemos asumido como un hecho cultural más, está ya en nuestros genes y demasiada gente sigue pensando que el que no roba es porque no tiene posibilidades o es tonto. Yo, sin embargo, pienso que es porque saben que no deben hacerlo, es una cuestión de orden ético y moral, de decencia. De dignidad. Tienen conciencia. Saben que lo público es de todos, mío también. Y saben, también, que el dinero no es la única norma de vida en una persona.

¿Algún día dejaremos de oler a podrido?

¿ERES UN FANÁTICO?

3 Abr

Antonio Tejedor Garcia. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Cuando una persona defiende con tenacidad desmedida sus creencias u opiniones, lo llamamos fanático. Dicho así, puede sonar demasiado tajante y radical; entre otras cosas por la ambigüedad de los adjetivos y porque se puede ser fanático en un tema y tolerante en otro, no todo es blanco o negro en nuestra vida.

El fanatismo es un tema complejo y profundo y no es mi intención penetrar en esos vericuetos, sino simplemente apuntar algunas consideraciones que puedan llevarnos a una reflexión personal. Empecemos por mostrar lo evidente, las características que lo definen con mayor claridad.

Los estudiosos del tema nos dicen que ser fanático implica la adhesión incondicional a una causa, la que sea. Una adhesión que supone, de facto, el desprecio hacia las demás, como si la suya fuera, no la idea mejor, sino la única. Se siente, además en la necesidad de imponerla y para ello si ha de echar mano de la violencia, la echa. En casos extremos, el fanatismo llega hasta la muerte de otras personas (tenemos ejemplos a diario, pero quisiera quedarme en unos términos más cercanos a nosotros, a nuestra casa, a nuestro entorno)

Si preguntáramos a un familiar, a un amigo, a uno mismo, sería difícil que cualquiera se definiera como fanático. Incluso es posible que se enfadara porque en la pregunta puede ver implícita una afirmación. Sin embargo, hay quien dice que esa respuesta rápida negativa bien pudiera resultar una pequeña señal de que en el camino estamos. Sería interesante que perdiéramos (o ganáramos) unos minutos para decirnos ante el espejo si nuestro deseo de imponer las propias ideas es habitual, si despreciamos a quienes son diferentes a nosotros por el mero hecho de serlo, sin tener un mínimo conocimiento de los que piensan o sienten o desean, si nos han dicho alguna vez que tenemos una mente cuadriculada y que nos ceñimos a unos esquemas rígidos, si nuestras ideas son incuestionables y no hay nada que discutir, si desconocemos lo que es el espíritu crítico y aceptamos lo que nos dicen nuestros ídolos o líderes sin pasarlo por el tamiz del propio cerebro.

El fanatismo está presente en distintos aspectos de la vida. Hay fanáticos de un club de fútbol, de cantantes, de grupos musicales, deportistas. Hay fanatismo religioso, personas que creen que las suyas son las únicas creencias válidas y, además, sagradas, intocables y jamás aceptan una crítica o una broma referente a cualquier aspecto de su religión porque se sienten insultados. El fanatismo religioso es el que más daño ha ocasionado a lo largo de la historia de la humanidad y ha dado lugar a cientos de guerras, de condenas y muertes como sucedió con la Santa Inquisición o, en la actualidad, con un sinfín de actos terroristas como vemos con los de la yihad. Aunque hoy en día, aquí, en España, el fanatismo más preocupante es el tipo político.

Hay investigaciones sobre el comportamiento del cerebro de un fanático y algunas conclusiones, a pesar de no poder otorgarles el certificado de científicas, resultan sorprendentes. Y un neurotransmisor, la dopamina, podría jugar un papel importante en el proceso, pues las neuronas que la manejan están relacionadas con las emociones que experimentamos y se activan cuando el organismo obtiene placer con alguna acción. Además, lo hacen en mayor medida cuanto más inesperada es la recompensa (una victoria imprevista, por ejemplo). La repetición de recompensas, lejos de contentar al fanático, le fuerza a alcanzar más y más, a convertirlo en insaciable, a no estar nunca satisfecho, lo que, de alguna manera, conlleva el propio castigo.

La palabra fan, en español, es un acortamiento de la inglesa fanatic y lo usamos, sobre todo, para el deporte, como una forma de desdeñar la propia palabra u ocultarla en un escenario en el que nosotros no representamos la obra y por tanto no nos afecta. Vale. Los auténticos fans, los realmente peligrosos, son los que proceden de la cantera religiosa y la política y ocupan parcelas de poder. Por una razón sencilla: sus comportamientos afectan a nuestras vidas, a nuestra libertad, a nuestras ideas y a nuestros actos. Además, según psicólogos y expertos que han estudiado la materia, son incorregibles, sus mentes han adoptado una estructura característica y podrían pasar de un tipo de fanatismo a otro, pero resultaría extremadamente complicado dar el paso de fanático a tolerante. En cualquier terreno serían ellos y los otros; los míos y los que están contra mí.

Entre los de a pie, podemos reconocerlos –reconocernos- en los enfados continuos ante la menor contradicción, en los insultos y descalificaciones en vez de la discusión o confrontación de ideas, en el desprecio al diferente sea moro, negro o rumano (los sudacas ya están mejor considerados), sea facha o podemita, sea homosexual o lesbiana. Añadimos otro rasgo más al fanático: la falta de empatía. Se ve incapaz de ponerse en el lugar y la situación del otro. Puede pegarle un botellazo en la cabeza al moro de turno o al hincha del equipo rival y a continuación ir al bar y comer un bocata y una cerveza sin que la conciencia le diga ni mu. A pesar de las apariencias, no son psicópatas; de hecho, pueden mostrar cariño o comprensión entre los de su tribu. Lo que sí son enfermos. El fanatismo es un trastorno cultural, adquirido a través del aprendizaje en casa, en el ambiente donde te mueves, en la sociedad.

¿Soluciones? En palabras de los psicólogos, para dejar de ver el mundo al revés se necesita resetear y reconfigurar el cerebro, darle un aprendizaje alternativo. ¿Vamos por ahí?

Padres a la gresca

27 Mar

Antonio Tejedor García. Escritor y Profesor

Correo del autor: espikap@Hotmail.com  Blog: www.lagartosquebrada.blogspot.com

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

El cinismo de esta sociedad, si no asombra más cada día, es porque nos tiene curados de espanto. ¿A cuento de qué tiran de aspaviento mediático y se rasgan las vestiduras por unos padres que se pelean en un partido de fútbol? ¿No lleva esta sociedad de fariseos, años y años machacándonos la cabeza domingo a domingo y sábado a sábado con que lo importante es ganar, que el segundo es el menos malo de los perdedores, que solo vale la victoria aunque sea de penalti injusto y se haya acabado el tiempo de juego? Decía Ryszard Kapuscinski que cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante. Pues lo mismo ha pasado con el fútbol: desde el momento en que se percataron que el rodar de la pelota generaba jugosos dividendos el juego pasó a un segundo lugar o para ser sinceros, desapareció al último puesto de la clasificación. Pregunten al forofo del Madrid, del Barça o del Zaragoza, que lo tenemos más cerca, y sorpréndase al saber a cuántos les importa la forma en que gane el equipo. Busquen en qué club de alevines, por poner un ejemplo, se trabaja el fútbol como deporte y como medio de reforzar lazos personales de unión, compañerismo, solidaridad, respeto al contrario, dignidad… Pregunten a entrenadores y padres si cortan drásticamente las actitudes de estos mismos niños cuando engañan al árbitro, hacen teatro en el área, provocan a los jugadores contrarios para que les saquen tarjeta o les expulsen o cualquier otra pillería. ¡Les ríen las gracias! Qué listo, dicen con una sonrisa de oreja a nuca. La victoria, lo único importante. El cómo se consiga no importa absolutamente nada. Este es el mensaje diario de las televisiones que enviscan a los aficionados, que buscan los detalles morbosos, que tiran de la lengua a los jugadores para provocar la confrontación. ¡No sabemos vivir sin enemigo! O no nos dejan vivir sin enemigo, que es diferente. El código moral que enlaza la cultura con el respeto y la decencia lo han destrozado y nos imponen el egoísmo, el enriquecimiento y el exhibicionismo del éxito.

Todo esto, a nivel genérico. Si descendemos al individuo, al nivel personal, nos encontramos con el forofo, el fanatismo rancio, la lealtad ciega a la tribu. Aplaudir y silbar, vitorear y odiar, piropear e insultar. Ni un solo segundo para la reflexión, el análisis, la objetividad, el espectáculo imparcial. En esta bandeja se sirve el primer plato de cada comida, seguido de una buena ración de futuro orgullo que el padre sueña por los éxitos de la figura en ciernes. ¿Qué esperamos, pues? Los padres solo tienen ojitos para su hijo, se extasían ante la maravilla de jugador que tienen, capaz de regatear al sol y marcar un gol al arco iris y ya se relamen porque con tales habilidades el niño le sacará de penurias y del trabajo o del paro y saldrá en las televisiones, porque su hijo es el próximo Messi y él es su padre. ¿Hipérbole? En absoluto. Hagan oreja en cualquier campo de fútbol.

Fe, eso tienen ante el hambre de notoriedad desaforada. Fe es creer en lo que sabemos que no existe, decía un obispo francés allá por el siglo XIV, pero es el alimento indispensable para mantenernos de pie. Mientras haya fe, el mundo continuará sin derrumbarse (y si eso sucediera, la cambiarían por otra fe distinta). Los romanos tenían panem et circenses (pan y circo) y con eso contentaban y entretenían a la masa. Aquí, algunos se han quedado con casi todo el pan; pero, eso sí, circo lo hay a espuertas. Lo llaman fútbol, pero el resultado es el mismo.

Después escucho las soluciones que propugnan algunos y tengo que apagar la tele o cerrar la prensa ante tanta ceguera. Propugnan la prohibición de entrar a los padres a los partidos y entrenamientos (ya lo ha hecho el At. Madrid para evitar presiones a los chicos –ni entrenando los dejan en paz-). Piden expulsiones y castigos para niños y padres con todas las derivaciones que se les ocurra. Siempre la disciplina, la condena. Una sociedad violenta todo lo soluciona a garrotazos, jamás va al germen del conflicto y busca allí el remedio. Aunque sea más costoso y más largo. Por suerte, hubo alguien que habló de educación, de aprender a comportarse como personas y aquellas palabras retumbaron como si hubiera sonado un disparo en mitad del concierto.

Educación, sí señor. Respeto. ¿No se le había ocurrido antes?

Respeto al árbitro en el campo de fútbol, al maestro en la escuela o al médico en el hospital. A cualquier persona en cualquier lugar. Las diferencias se debaten con palabras, no con puñetazos.

Educación, ¿qué cosa, verdad?

La gesta de Benavente en la batalla por la sanidad pública

23 Mar

Antonio Tejedor Garcia. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Solo quiero dar a conocer a quien no lo sepa o no lo haya oído –que no ha salido en todos los medios de comunicación, por supuesto- la defensa valiente de todo un pueblo, -dicho así, en sentido literal, todo un pueblo– en defensa de la sanidad pública. Precisamente en una zona tradicionalmente conservadora como es Zamora y provincia. Pero parece que se van espabilando, van viendo las orejas al lobo y han reaccionado antes de que sea tarde. Lo que sigue es una copia, parte de la crónica que escribió al respecto Rasa Mª Artal en El Diario.es Dejo el enlace para quien quiera leerlo completo.

“Fue memorable. Todo Benavente en la calle en defensa de su hospital y de la sanidad pública. Salieron 15.000 personas –según cifras oficiales–, de una población de 18.315 habitantes censados en 2016. La historia es común a esa España olvidada fuera de las grandes capitales y a cómo se ve afectada por los recortes en el Servicio Público de Salud. Esa donde el médico que atendía tres pueblos, ahora atiende cuatro, no le cubren las suplencias y el enfermo siempre ha de desplazarse cuando sufre una dolencia de cierta entidad. El hospital representa una solución cuando está bien dotado. Pero son muchos los núcleos urbanos que temen su mutilación por los recortes.

Benavente es el segundo municipio en población de la provincia de Zamora, tras la capital. Y el eje de la comarca de los Valles con una cincuentena de pueblos de escasa población en su mayoría. El Hospital comarcal de Benavente se quedó pequeño. Años de quejas que culminan con una remodelación para ampliar el existente. Una vez arreglado, tras invertir 12 millones de euros en obras y equipamiento, la Junta decide paradójicamente cerrar la primera planta. Hay que ahorrar. Y pensar, por tanto, en la carretera.

El detonante se produce cuando los familiares se plantan dado que ya comienzan a trasladar a los pacientes hospitalizados a Zamora, distante 65 kilómetros. Medios digitales locales, muy activos, van dando cuenta de la peripecia y comienzan concentraciones diarias, cada vez más numerosas, que culminan el domingo con una manifestación de las que rompen moldes. Está el alcalde, del PSOE, una treintena más de distintos partidos, incluido el PP… y casi todos los vecinos: 15.000. Ya no es solo la planta a cerrar lo que reivindican sino una atención sanitaria integral y con más especialistas para cubrir las necesidades reales. Los sufridos castellanos el día que salen, salen. El día que exigen, lo hacen a fondo”.

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Semana Santa

20 Mar

semana santa zamora

Antonio Tejedor Garcia. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

Tambores, pero no de guerra. Tambores en el Bajo Aragón. Calanda, Híjar, La Puebla… Tambores que conocemos todos y a los que no es necesario darles más publicidad en esta tierra. Por eso quiero hablaros de otros tambores y otra Semana Santa, pues en cada geografía celebran los mismos hechos con ritos diferentes. Hablo de Zamora. ¿Zamora? Nombras Zamora y los oídos parece que tardan en acostumbrarse a la palabra, como si no quisiera entrar o de forma inconsciente la rechazaras o plantearas la duda que se levanta ante toda novedad. Suele ocurrir con las poco habituales, con las que oyes de tanto en cuanto y cuesta asociar a un lugar y, aún más, ubicarlas en el mapa. Indudablemente, algunos pensarán que exagero; pero me he topado con más de una sorpresa en el momento y con la gente menos esperada.

Zamora.

Castilla y León, en la frontera con Portugal. Una joya para los amantes del arte románico. Una ciudad con 27 iglesias y ermitas para satisfacer la curiosidad y el asombro ante estas glorias medievales. Eso, sin incluir dos obras en la provincia que podemos situar en un estrado superior: el monasterio de Moreruela (a 38 km de la ciudad) y sobre todo, el templo visigótico (siglo VII) de S. Pedro de la Nave, en Campillo a 13 km de la ciudad. Si aún te parece poco, Zamora ha sido incluida en la Ruta Europea del Modernismo (sello dejado por la burguesía harinera a principios del siglo XX) con edificios muy significativos en las principales calles de la ciudad. ¿Falta algo? Por supuesto. En unos días Zamora aparecerá en las televisiones de medio mundo con sus procesiones de Semana Santa. Un icono. Procesiones llenas de recogimiento, respeto y silencio (cada uno sabrá si estos nombres corresponden a un sentir religioso o meramente turístico). Lo que sí puedo decir es que son totalmente diferentes a las más publicitadas de Sevilla y Andalucía en general. Nada de saetas ni piropos al paso de cada Cristo o Virgen. Figuras que sobresalen por la belleza de la talla y no por los adornos. Imágenes que expresan dolor y muerte. Imágenes sobrias y austeras que parecen retratar el carácter de las gentes de Castilla.

Lo malo, si alguno a raíz de este artículo piensa en ir allí de vacaciones, es la dificultad de encontrar alojamiento. De cualquier forma, puede anotarlo en la agenda del año que viene o darse una vuelta por la ciudad en otra época del año y contemplar lo antes apuntado sobre el románico y el modernismo.

Dadas las fechas en las que estamos, me voy a ceñir a la Semana Santa. Por dar una idea de su importancia, podemos decir que en 1986 fue declarada de Interés Turístico Internacional y hace dos años Bien de Interés Cultural, tras lo que se espera sea pronto reconocida como Patrimonio Cultural inmaterial por la Unesco. Hay 17 hermandades y procesionan unos 32.000 cofrades (la mitad de la población de la ciudad, aunque muchos vivan fuera). Las procesiones salen de todas las iglesias y es necesario proveerse del correspondiente horario y recorrido. ¿Hora? Todas, desde la que sale a las 4´30 de la mañana del Jueves Santo y se recoge a las 11, con su famoso “Cinco de copas” que bailan en el interior de S. Juan al son de la Marcha de Talberg y recorre la ciudad hasta las Tres Cruces, donde se toman las típicas sopas de ajo, a las que salen a otra hora de la mañana, tarde o noche. Como todos, yo también tengo mis favoritas. Mención especial para dos de ellas: la del lunes con el canto del canon Oh Jerusalem en la plaza Santa Lucía (¡de impresión!) y sobre todo, la del miércoles noche, la popularmente llamada de las Capas Pardas. Creo que es la que mejor define la Semana Santa y Zamora. En medio de la oscuridad (se apagan las luces), un solo paso, un farol, al rato un toque de tambor. Un silencio sepulcral que solo se atreve a romper el río que discurre a sus pies.

Para una segunda visita –aunque no menos importante- quedaría la procesión del Santo Entierro que celebran en Bercianos de Aliste, un pequeño pueblo a 68 km de Zamora, y que por sus connotaciones especiales hace inevitable nuestra presencia. Como católico, una invitación al pensamiento sobre la muerte; como turista, una escenificación diferente. Según cuentan, el origen viene de una promesa tras librarse el pueblo de la peste a principios del XVI y ese milagro fue año a año conformando un espectáculo que pone los pelos de punta. Misa con un Cristo articulado, subida al Calvario en procesión de todos los vecinos, cada cual con su atavío propio (los miembros de la cofradía con la mortaja que vestirán en la tumba a su muerte y los demás con la típica capa alistana), hachones encendidos, pendones en manos de los más jóvenes… Para no perderla. Una recomendación: comer en alguno de los pueblos de la zona un chuletón de ternera alistana y regarla con un vino tinto de Toro. Sin más comentarios.

Sexo, mentiras y lo que venga

15 Mar

Antonio Tejedor. Profesor y Escritor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

A pesar de las similitudes del título con aquella película de finales del siglo pasado que puso en el mapa del cine a Soderbergh –Palma de oro en Cannes y Oscar al mejor guión- no voy a hablar de sexo. Eso se lo dejo a los de Hazte oir, que del tema saben mucho. Saben que un niño tiene pene y una niña, vulva. ¿Dónde lo habrán aprendido? Porque cuando yo estuve en los frailes decir cualquiera de esas palabras era pecado mortal, por lo menos (y no hablo por hablar, sé lo que digo). De respeto a las personas que no piensan como ellos no es que tengan mucha idea; pero de sexo, sí. Al menos, en la práctica, que muchos de ellos acarrean media docena de churumbeles envueltos en blondas, almidones y uniformes variopintos. Lo que no acabo de entender es esa manía en decir a cada uno lo que tiene que ser, lo tiene que sentir, cómo tiene que gozar. Y para el que no haga caso, unas llamaradas de eternidad como postre de esta vida y mientras tanto, durante ella, unos pozales de miedo. Pero no pueden fustigarlos con látigos ni atarlos a la rueda de madera, qué pena. Ah, aquella santa Inquisición, con lo bien que les vendría ahora.

De mentiras tampoco voy a hablar. Ese tema se lo dejo para los de nuestro gobierno y demás afines políticos, que son duchos en el oficio. No salvo ni a los leones de las Cortes. Pero los de Rajoy se llevan la palma –la de Cannes, no-, no hay quien lo niegue. Que las promesas electorales se las lleva el viento aunque esté en calma, el personal lo acata con resignación franciscana y no se rasga las vestiduras. ¿Alguien se sorprendería que un político firmara un acuerdo sabiendo que no iba a cumplirlo? Son cosas que el ciudadano tiene asumidas y para el político forman parte de su ser, pensar y actuar habituales. Ellos mismos abrirían la boca y los ojos y mirarían a su alrededor si obraran en consecuencia con lo firmado, eso sí que sería una sorpresa. Y de las grandes. Ahora, de ahí a tener la desfachatez de pregonarlo a los cuatro vientos, en la cara de los otros firmantes y en la cara de los demás españoles va un abismo, roza –no, araña- la desvergüenza. Por utilizar una palabra amable y que no me acusen de insultar a nadie. Es de agradecer, sin embargo, esta sinceridad. A lo mejor hay alguno que cae del guindo, quién sabe.

Ahora estaremos atentos a la figura de cera que nos pondrá Albert Rivera –impecable el pareado- para querernos hacer digerir lo indigerible. Porque lo intentará, seguro. Frotará las manos como si fuera una bruja con su bola de cristal para conjurar encantos y milagros. Da igual, ya no le cree ni su corbata. ¡Qué papelón, señor, vaya castigo! Es lo que tienen las marcas blancas, son más baratas, pero les falta calidad. Donde esté el original sobra la fotocopia.

Y ahora, pues lo que venga, que ya lo imaginamos.

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