Los psicópatas nos mandan y acosan

Por Delia Gil. Autora de la serie de artículos sobre el mobbing en la sanidad aragonesa

Los psicópatas son personas cuyas características son la falta de miedo, la falta de ansiedad, el gusto por una vida fácil y la tendencia a ser impulsivos. Son sujetos emocionalmente fríos, manipuladores, mentirosos, ególatras y sin moral. Les encanta estar en puestos de poder y manejan y utilizan a los demás en su propio provecho. Son individuos presuntuosos, que ni sienten ni padecen por los demás y por tanto carecen de remordimientos y autocrítica.

Según Rober Hare, uno de los mayores especialistas en psicopatía, “los peores psicópatas son los que ocupan suntuosos despachos y dirigen la política y las finanzas. La sociedad no les ve, o no quiere verlos, y consiente”.

En una ocasión, le preguntaron si en algunos países había más psicópatas que en otros, a lo que el respondió que no es cierto, que es un problema universal, sólo que en unos lugares se tolera más que en otros. Hay países que se tolera matar y en otros no; así que la expresión de la psicopatía sólo depende de la tolerancia de la sociedad. Sus características son: violencia, maldad, premeditación, sangre fría y falta de remordimientos.

Según él la clave de la psicopatía es la empatía. La naturaleza nos la ha dado para conectar con los seres vivos, pero hay personas que carecen de ella.

Dice que parecen inteligentes, pero que en realidad no son especialmente brillantes. Eso sí lo disimulan bien: “Si hablan de medicina, perece que saben más que cualquier médico, aunque el interlocutor sepa que no sabe nada. Si van detrás de un político y le hacen una foto, ya dicen que son amigos. Algunos sí que lo son y cuánto más inteligentes más peligrosos”.

Afirma Hare que los psicópatas están mezclados con nosotros, “Y la mayoría no son asesinos. Están en la política y los negocios. Y si cometen un asesinato es, a lo mejor, porque te has puesto en su camino o porque sencillamente no les has caído bien. Están en todas partes. Son personas que saben controlar a los demás pero parecen muy buenos. Tienen carisma y son líderes. Carisma sin conciencia”.

Estos individuos ven y tratan a la gente como meros objetos.

Según Hare se puede ser amigo de un psicópata, pero no mucho. “Hay personas a quienes les encantan los psicópatas. Porque son divertidos. Te van a engañar y a chupar la esencia, pero resultan atractivos, aún a costa de ese precio tan alto. Al final, cuando ya no les sirves, te dejan. Los psicópatas son esponjas emocionales y absorben todo lo que tengamos. Pero si exprimes una esponja, suelta todo lo que cogió. Ellos no. Si los aprietas, sólo saldrá polvo”.

En cuanto a los políticos dice: “La política y el póker son dos ocupaciones cuyas reglas obligan a mentir y engañar. Si los políticos fueran sinceros no serían elegidos. Muchos son mentirosos a secas. No tienen forzosamente que ser psicópatas. Pero la política es un medio fantástico para que se desarrollen, el mejor ambiente, el ideal. Igual que los negocios, que cambian con mucha rapidez. Ahí los psicópatas se desenvuelven como pez en el agua”.

Según él en círculos políticos y financieros hay muchos más que entre la población normal.

Y además, según Hare, no nos podemos defender de ellos: “Es prácticamente imposible para la sociedad defenderse de eso. Porque son ellos los que, además, hacen las reglas, dictan los principios y gastan millones para explicar al mundo que lo que hacen es fantástico. No sé lo que podríamos hacer. Para esto las elecciones no sirven. La gran mayoría de las personas no funcionarían bien en estos puestos. Lo dejarían, no servirían. No quiero decir que todo el mundo en esas posiciones sea psicópata, pero sí digo que el porcentaje entre ellos es muy superior al 1% general. Y que con diez ejecutivos, o políticos psicópatas entre mil, ya sería suficiente. Un pequeño ejército de soldados puede ocupar un país entero”.

Y lo peor de todo es que la psicopatía no tiene remedio.

Ante un psicópata no se puede apelar a su sentido de lo bueno y lo malo, porque no lo tiene, ni a su sentido de conciencia, que tampoco, y mucho menos a su sentido de empatía.

La única solución es reconocerlos y quitarlos de en medio.

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