La gran perversión del sistema público Salud

Por Delia Gil

Delia GilEl diccionario de la RAE define como “perverso” algo o alguien sumamente malo, que causa daño intencionadamente y de eso va este artículo, pues la perversión se ha instalado en el Salud y no parece dispuesta a marchar. Es claramente una situación aberrante, ya que el fin último de un sistema público de salud es precisamente cuidar la salud de todos, no provocar que la gente enferme.

Dice la experta francesa en acoso moral, Marie France Hirigoyen, que en Francia predomina este tipo de acoso en el sector público. Según ella el acoso se manifiesta de forma diferente dependiendo del sector. En el sector privado es más brutal, dura menos tiempo y acaba casi siempre con el despido de la víctima. En el público, el acoso puede durar años, a veces décadas, pues las personas sólo pueden ser despedidas por una falta muy grave. Por este motivo, los métodos de acoso son aquí más perniciosos y desembocan en resultados dramáticos para la salud y para la personalidad de la víctima.

Hirigoyen tiene muy claro que el acoso en el sector público no está ligado a la productividad, sino al poder. En este caso, no se puede quitar responsabilidad a los acosadores culpando a la necesidad de obtener beneficios, ligada al capitalismo y a la globalización, sino que hay que remitir el acoso a una dimensión psicológica fundamental: el afán de dominio que lleva a las personas a controlar a los demás y el deseo de aprovecharse de ellos.

En la administración pública no hay más perversos que en el sector privado, pero pueden actuar durante mucho más tiempo, ya que las víctimas no se pueden escapar del acoso con una dimisión o con un despido y frecuentemente se tarda en conseguir, si es posible, un traslado.

La Administración es una maquinaria pesada en la que las responsabilidades se diluyen. La maquinaria administrativa deja que degeneren en acoso moral simples conflictos, que se hubieran podido arreglar hablando entre personas responsables. Pero en vez de solucionarlos, todo el que tiene en sus manos el poder de arreglarlos se escuda detrás del sistema y de las normas, de tal manera que la víctima deja de ser una persona, pasando a ser un peón que molesta y que hay que eliminar. Como nadie interviene, la maquinaria administrativa tiende a amplificar los problemas y acaban en un maltrato institucional. Este maltrato, contra el cual es casi imposible que una persona sóla pueda luchar, se agrava en un contexto demasiado jerarquizado y ante la indiferencia de todo su entorno.

En el Salud nadie ayuda, ni el Servicio de Salud Laboral ni los sindicatos; todos, absolutamente todos, se escudan detrás de normas absurdas que están hechas para favorecer a los gerifaltes; jefes y jefecillos puestos a dedo con el único fin de controlar a los trabajadores, que no se pueden desviar, lo más mínimo, de lo más importante para ellos: satisfacer su propio ego.

Sean cuales sean las razones de un conflicto, la persona acosada acaba siendo víctima de la inhumanidad administrativa. Una administración no es una persona y por tanto no tiene compasión. No se puede pedir comprensión, amor e inteligencia a un ente que no tiene corazón.

En el sistema de servicios públicos, del cual el Salud es un buen representante, cuando una persona es atípica, o hay algún interés en acosarla, es frecuente la tendencia de colgarle la etiqueta de enferma mental. Hay suficiente, al principio, con la mala voluntad de un superior para que después la cosa continue y se amplifique a partir de las omisiones o cobardías de todas las personas del entorno que no quieren discutir las opiniones y órdenes de este superior. Para los responsables del personal, la solución más fácil, ante alguien que han tildado de problemático, es conseguir que intervenga el servicio médico arrastrando al trabajador a la situación de baja prolongada o incapacidad. Inevitablemente la víctima acaba siendo psiquiatralizada.

La sombra de la perversión en el Salud es muy larga. Cuando un jefe se ensaña con un trabajador, todos en el Salud se conjuran para hacerle la vida imposible y echarlo a la calle. Si el trabajador se defiende y resiste tienen a su disposición un arma infalible: el expediente disciplinario. Y para fabricar este arma tiene el Salud la fábrica perfecta: Inspección.

Dentro del servicio de Inspección hay un grupo de mujeres, llamadas coloquialmente “las Teresitas“, muy bien entrenadas en el desarrollo y fabricación de expedientes con métodos que rozan la criminalidad y en muchos casos pasan la raya. Pero saben que pueden actuar con total impunidad porque están muy bien protegidas por el gobierno. De la nada enseguida obtienen un expediente con más de quinientos folios, como si la víctima fuera un gran delincuente. Saben que si dicho expediente llega al juzgado tendrá total credibilidad para el juez, que en ningún caso se molestará en comprobar si lo dicho es cierto o no. Sus métodos de fabricación son infalibles: mentiras, engaños, difamación, desacreditación y manipulación de datos y opiniones. También miran y remiran historias clínicas de pacientes y hasta recopilan en DVD datos de pacientes, sabiendo perfectamente que incumplen la ley de protección de datos.

En España tenemos al doctor en psicología, Iñaqui Piñuel, que está considerado como uno de los especialistas pioneros en la investigación y divulgación del mobbing en nuestro país. Según él, decía en el 2009, el mobbing tiene en las administraciones públicas su principal ámbito de actuación, ya que uno de cada cinco funcionarios, en torno a un 20%, dice padecer un continuado maltrato en su trabajo. En el año 2000 el doctor Piñuel elaboró el barómetro Cisneros, con el objetivo de evaluar el mobbing y sus consecuencias en el entorno laboral de las organizaciones. Fue la primera herramienta utilizada para medir la incidencia del fenómeno del acoso psicológico en España. En el 2004 Piñuel publicó el proyecto Cisneros III, que fue el primer estudio monográfico sectorial sobre mobbing, desarrollado sobre el sector sanitario. Los datos arrojaron una incidencia media del 33% entre el colectivo estudiado de enfermeras españolas. Parece evidente que el porcentaje es alto.

Lo dicho, la sombra de la perversión es muy larga y a muchos nos toca.

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