Acerca de esas jóvenes hijas de puta

Por Delia Gil

Delia GilNo, no es que yo me haya vuelto de golpe soez y maleducada. No, no es que yo esté rebotada, ni que tenga el cuerpo henchido de rabia e indignación, por el acoso sufrido en mi lugar de trabajo y haya decidido ahora incorporar a mi vocabulario palabras groseras, rudas y ordinarias.

No, no es eso; aún sigo creyendo que en frío y con calma una se enfrenta mejor a los sinvergüenzas que se encuentra por el camino.

Además mi hija me dice que tacos y palabrotas no quedan bien en mi boca; normal, no estoy acostumbrada a usarlos. Pero ahora y con todo lo que he sufrido puedo comprender y comprendo a la gente que las usa de ordinario. Hasta comprendo a los que se cargan a sus acosadores. La mente quiere paz y tranquilidad y si no te la dan pues la buscas y asunto concluido.

La vida es una gran mierda, para todo ser viviente, gracias a la sociedad machista ideada y creada por los hombres. Y digo bien, y a propósito “hombres” y no personas, porque las mujeres a lo único que hemos contribuido es a aportar adaptaciones para poder sobrevivir y a trabajar como burras al servicio del hombre.

Ya lo dijo Henrik Johan Ibsen (dramaturgo noruego): “Nuestra sociedad es masculina, y hasta que no entre en ella la mujer no será humana”.

El caso es, que lo que me ocupa aquí es mi deseo de comentar el artículo que lleva precisamente este título: “Esas jóvenes hijas de puta”. Es un artículo de Arturo Pérez-Reverte, un escritor al que cualquier palabra queda bien en su boca y en su pluma, sea soez o políticamente correcta. Un escritor que sabe jugar muy bien con el vocabulario.

En su artículo nos recuerda el caso de Carla Díaz Magnien, una adolescente desesperada, acosada de manera infame por dos compañeras de clase, que se suicidó tirándose por un acantilado en Gijón. Lamenta en el artículo que la estúpida pena que ha impuesto el juez a las dos acosadoras sólo es de cuatro meses de trabajos socioeducativos.

Comprendo que es un caso muy doloroso que deja una joven muerta, una familia destrozada y una madre enloquecida por el dolor y la injusticia. Casos como este a mí me llegan al alma pero, como dice Reverte, a los vecinos, colegio y sociedad en general estos sucesos les importan un comino: “Siempre pasa lo mismo tras las condolencias de oficio, dejan atrás el asunto y siguen tranquilos su vida”.

Como dice él, el ser humano es muy cruel y cobarde: “a la crueldad de las que oficiaron como verdugos, añadamos la actitud miserable del resto: la cobardía, el lavarse las manos. La indiferencia de los compañeros de clase, testigos del acoso pero dejando que las cosas siguieran su curso. El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos. Y el colegio, claro. Esos dignos profesores, resultado directo de la sociedad disparatada en la que vivimos, cuya escarmentada vocación consiste en pasar inadvertidos, no meterse en problemas con los padres y cobrar a fin de mes. Los que vieron lo que ocurría y miraron a otro lado, argumentaron lo de siempre: “Son cosas de crías”. Líos de niñas”.

Pero digo yo: ¿Qué podemos esperar de una sociedad cruel y despiadada creada con valores machistas por grandes hijos de puta? Pues lo único que podemos esperar es más de lo mismo: que salgan hijos desalmados, que serán jóvenes desalmados y que de adultos llegarán a ser unos grandes hijos de lo mismo. Igual que sus semejantes.

Como dijo un filósofo cuyo nombre no recuerdo: “El hombre nace bueno y la sociedad lo convierte”.

Y yo me pregunto: ¿Ganaría algo nuestra sociedad imponiendo a las dos jóvenes acosadoras una pena más grave que la que les impuso el juez? Creo que no.

No creo que las dos chicas fueran conscientes de lo que podría pasar; ellas solo actuaron tal y como la sociedad les había enseñado. Seguían la ley de Darwin, la ley de nuestro mundo: la selección animal a través de la lucha por la vida; la ley del más fuerte. La ley que la sociedad rica anglicana nos hizo creer y que se extendió por el mundo como un reguero de pólvora.

Pienso que el acoso sólo se puede abordar desde la enseñanza en la niñez. Si queremos reducir los actos violentos tenemos que enseñar a nuestros hijos a gestionar sus emociones desde la más tierna infancia.

Estoy de acuerdo con Ernesto Sábato (novelista argentino) cuando dijo: “La búsqueda de una vida más humana debe empezar por la educación”.

Pero parece que nuestros políticos no les interesa el tema y no están por la labor; ¿será porqu ellos también son deficitarios en la gestión de sus emociones?-

Porque como dijo Einstein: “Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”.

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