A PROPÓSITO DE LA TESIS DOCTORAL DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO


Santiago Molina, Catedrático de Universidad y escritor

Por SANTIAGO MOLINA GARCÍA (Catedrático  Jubilado, Universidad de Zaragoza)

Quiero dejar claro desde el comienzo que lo que conozco acerca de la tesis doctoral del presidente del gobierno es lo que han publicado la práctica totalidad de los medios de comunicación y las declaraciones del propio señor Sánchez junto con la de algunos de sus paniaguados. A su vez, también quiero dejar claro que, como consecuencia de esa información, infiero que la tesis era una chapuza total y que la mayor parte de su contenido es un plagio detrás de otro. Por último, la tercera cosa que deseo dejar clara es que estoy convencido de que la calidad científica de dicha tesis doctoral no es mejor ni peor que el promedio de las tesis doctorales que se han leído en España, durante los últimos veinte o treinta años, en todas y cada una de las universidades, al menos dentro del ámbito de las ciencias sociales (no me atrevo a opinar del ámbito conocido como “ciencias exactas” porque lo desconozco). A continuación expongo los argumentos en que me baso para haber supuesto que la calidad científica de la tesis doctoral del señor Pedro Sánchez es de tipo medio.

Por regla general, la calidad de una tesis doctoral depende fundamentalmente de estos tres factores: de la competencia y rigurosidad intelectual del doctorando, de la preparación de la persona que la dirige y del rigor de los tribunales que tienen que evaluarla. Por razones obvias, solo me voy a referir a los dos últimos factores, ya que son los que tienen la potestad de controlar la competencia y la rigurosidad intelectual de los doctorandos y doctorandas.

En el caso de España, debido a la legislación que se derivó de la aprobación de la Ley de Reforma Universitaria de 1983 (después ha habido diversas reformas legislativas que solo iban destinadas a la obtención de una limpieza cosmética y al acomodamiento burocrático de lo que vulgarmente se conoce como “Plan Bolonia”), no es necesario que la persona que dirija una tesis doctoral pertenezca a la misma área de conocimiento donde se encuadra cada tesis, ni tampoco se le exige que haya publicado en revistas científicas de impacto artículos relacionados con el tema de la tesis. Por lo tanto, es muy posible que quien dirige una tesis doctoral sea un analfabeto en el objeto de la investigación. Por otra parte, lo más corriente suele ser que el doctorando, o la doctoranda, no elija a su director de tesis por su sabiduría y su especialización en el tema objeto de la investigación, sino por la amistad o por la mayor accesibilidad que se supone a un determinado grupo de docentes universitarios (generalmente, suelen ser quienes exigen menos en sus clases y quienes se comportan como colegas de los estudiantes). A su vez, también es muy frecuente encontrar ciertos docentes que se ofrecen a dirigir tesis con el único objetivo de engordar su currículum o para conseguir que le aprueben algún sexenio de investigación, que es lo mismo que decir lograr un aumento del salario mensual hasta la jubilación. Obviamente, esos factores son los que permiten que abunden las tesis doctorales de una calidad científica tan escasa como la del señor Pedro Sánchez y que lo excepcional sea que, de tarde en tarde, existan tesis de calidad y de impacto científico.

El tema de la configuración de los tribunales que han de juzgar la calidad de las tesis doctorales es para intentar mear y no echar gota. Según la vigente legislación, el nombramiento de esos tribunales pasa por una serie de filtros burocráticos para dar la impresión a la sociedad de que no se nombra a cualquier miembro así como así. Sin embargo, de hecho, es el director, o la directora, de la tesis quien controla a todos los miembros. Y, como es lógico, busca a colegas con los que posee bastante amistad, o a quienes le deben otros favores (hoy por mí y mañana por ti). Lo de menos es que sean expertos en el tema objeto de cada investigación o que, al menos, pertenezcan a la misma área de conocimiento en la que se encuadra la investigación realizada.  De facto, los dos únicos criterios de elegibilidad son: a) que se fíen de la honradez científica de la persona que ha dirigido la tesis y que, por lo tanto, ni siquiera lean el trabajo, o que si lo leen sea a través de lo que se conoce como “lectura en diagonal”; b) que el director, o la directora, tenga la práctica seguridad de que la tesis recibirá la máxima calificación posible, incluido por supuesto el “cum laude”. Es cierto que a veces  (muy pocas, por desgracia) hay algún miembro del tribunal que se salta alguno de esos dos criterios implícitos y esa es la razón de que haya un mínimo tanto por ciento de casos en que las tesis no reciben la calificación máxima. La consecuencia más desgarradora de esa triste situación es que en muchas de las universidades más prestigiosas del mundo ya no reconocen académicamente a los títulos de doctorado españoles.

Quizás alguien que no esté muy familiarizado con lo que ocurre en el interior de las universidades españolas, puede inferir a través de la lectura de los dos párrafos anteriores que estoy defendiendo que una buena parte del profesorado universitario es corrupto, pero no es así. La mayor parte del profesorado universitario actúa así porque la legislación universitaria está pensada para evitar que se cuelen docentes no afines a quienes controlan los departamentos universitarios o al grupo de presión a quien debe el cargo el rector, y porque a los legisladores que la aprobaron les importaba un bledo la calidad. En el caso de la configuración de los tribunales para la selección del profesorado funcionarial (en el no funcionarial, cada cual hace de su capa un sayo) ocurre exactamente lo mismo que en el de  las tesis doctorales. Para dar la impresión a la sociedad de que en las universidades españolas la selección del profesorado se lleva a cabo con un mínimo de seriedad, hubo un tiempo en que dos vocales de los cinco miembros que componían el tribunal eran seleccionados a sorteo de entre el profesorado de todo el país perteneciente a la misma área de conocimiento de la plaza convocada (posteriormente, se eliminó esa exigencia), pero los otros tres miembros (el presidente, el secretario y el vocal primero) eran propuestos por el candidato tapado y nombrados a dedo por el órgano colegiado correspondiente. Y por si toda esa serie de controles endogámicos no fueran suficientes, solo se convocan las plazas cuando se estima que hay un candidato de dentro del departamento al que merece la pena promocionar. Y para cercenar del todo la teórica laxitud de esos controles, las plazas salen con un perfil al que, en bastantes casos, solo le falta poner debajo el nombre del destinatario, o de la destinataria tapada.

Como no puede ser de otra manera, desde el año 1983 hasta hoy se pueden contar con los dedos de una mano las profesoras, o profesores, que han sido aprobados  sin pertenecer al departamento universitario convocante de la plaza. O lo que es lo mismo: sin haber trabajado previamente como docentes durante una serie de años con contratos temporales y con salarios de miseria. Por regla general, las sentencias judiciales ganadas por los candidatos externos que fueron suspendidos, no han resuelto ninguna de esas injusticias, ya que solo se han limitado a anular el concurso. Conozco más de un caso (alguno de primera mano) en que el rectorado, después de haber perdido el juicio, tuvo la osadía de convocar nuevamente el concurso con los mismos miembros cuya evaluación había sido anulada en vía judicial. ¿Es posible mayor escarnio a la sociedad, al prestigio universitario y a los propios tribunales de justicia?

Podría citar muchos más ejemplos para demostrar que todo lo que acabo de exponer no es una exageración mía, pero si así lo hiciera este artículo alcanzaría una dimensión excesiva. Por eso, me voy a limitar a presentar unos breves ejemplos, referidos a la universidad y al ámbito en el que yo he trabajado como docente universitario durante más de treinta años. Debe quedar claro que si me ciño a ese ámbito académico no es porque lo considere de peor calidad que el del resto de áreas de conocimiento relacionadas con las ciencias sociales, sino porque prefiero hablar de lo que conozco de primera mano con pelos y señales.

Cuando todavía la actual Facultad de Educación de la Universidad de Zaragoza era la Escuela Universitaria del Magisterio (es decir, no se podían impartir títulos de licenciatura, sino solo de diplomatura universitaria), se le ocurrió al equipo directivo de dicho centro la posibilidad de impartir cursos de doctorado. Una parte del pequeño grupo de profesores que teníamos la titulación de doctor nos opusimos, argumentando la incoherencia académica (y quizás también legal) que suponía impartir una docencia de tercer grado en un centro de primer grado. En su lugar, propusimos que se transformara la Escuela Universitaria en Facultad (como así se hizo más tarde, al cabo de muchos años) y que se impartiera la licenciatura de Ciencias de la Educación. Después, cuando se dispusiera de un grupo suficiente de licenciados sería el momento de impartir cursos de doctorado y de otorgar títulos de doctor. Pues bien, una propuesta tan lógica como la nuestra no se tuvo en cuenta y de forma sorprendente la Junta de Gobierno de la Universidad aprobó la impartición de una docencia de tercer grado en una Escuela Universitaria. Para presionar a los profesores que nos oponíamos a esa chapuza, un determinado día se convocó una reunión extraordinaria del centro, presidida por el señor rector (Sr. D. Vicente Camarena) cuya única finalidad era hacernos ver que si de verdad queríamos transformar ese centro en Facultad antes era necesario convertir en doctores a la mayoría del profesorado de dicho centro que lo solicitara, y que para eso era fundamental que los que ya poseíamos el doctorado echáramos una mano a nuestros colegas más jóvenes.  A la vista de esa apelación a la caridad y a la camaradería, la chapuza académica (y quizás también legal) se convirtió en realidad. ¿No les suena esto a lo mismo que sucedió en la Universidad Camilo José Cela, y que en consecuencia se aprobaran doctorados tan horrorosos como el del Sr. Pedro Sánchez?

Hace un par de años se doctoró en la Facultad de Educación de la Universidad de Zaragoza una licenciada ecuatoriana. En este caso, el tutor de la tesis (por supuesto, nombrado a dedo) impuso a la doctoranda que la dirección de la tesis la llevara a cabo su propia hija (profesora asociada en dicho centro).  Yo conocía a la doctoranda a través de una persona que no viene al caso nombrar aquí y, por lo tanto, ella me preguntó mi parecer. Rápidamente le demostré que ni el tutor ni su hija eran expertos en el tema de la tesis y que en el mismo departamento había dos profesores doctores que sí lo eran. Por temor a las consecuencias, la doctoranda no quiso presentar batalla y aceptó el pastiche en su totalidad. A medida que iba trabajando en el tema de la investigación, me pasaba lo que había escrito para que le diera mi opinión. Lo sorprendente es que ninguna de las correcciones que le hice, o de los consejos que le propuse, fueron aceptados por el tutor. Dos años después, la tesis fue evaluada por un tribunal nombrado a dedo a propuesta del tutor y, como no podía ser de otra manera, la calificación que obtuvo fue la de sobresaliente cum laude.  ¿Qué consecuencias tuvo esa situación (nada anómala, sino habitual) para la flamante doctora? Que la tesis no ha sido reconocida oficialmente por el Ministerio de Educación de Ecuador, lo cual le imposibilita para convertirse en profesora titular, o en catedrática, en ninguna universidad pública de ese país.

 

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4 Comments

  1. Don Santiago, ENHORABUENA POR SU BRILLANTE ARTÍCULO.

    ¡Ahora entiendo porqué no quisieron hacerle Profesor Emérito!

    De cualquier forma, y en el caso de la UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA, lo verdaderamente meritorio es no se nombrado profesor emérito, pues demuestra que no tiene criterio propio, es independiente, y no se vende por un plato de entejas, llámese decanato, dirección de departamento o incluso vicerrectorado.

    Gracias por su coherencia y honestidad intelectual.

    Ramiro, Profesor SEGREGADO de la UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA.

    1. Como son altas horas de la noche, y estoy cansado, corrijo mis propios errores, concretamente el penúltimo párrafo:

      “… lo verdaderamente meritorio es no ser nombrado profesor emérito, pues demuestra que uno tiene criterio propio, es independiente, y no se vende por un plato de lentejas…”.

      Pido disculpas por los errores mecanográficos. (Y también por tener ideas propias, que como decía el Rector Magnífico de la Universidad de Cervera, en Lérida, Cataluña -de aquellos polvos vinieron estos lodos catalanes- al Rey Fernando VII: “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”).

  2. Don Santiago, he leído con mucho interés su estupendo artículo, con el que coincido totalmente.

    No se de que nos extrañamos, la verdad, como no sea de LAS MENTIRAS DEL TODAVÍA PRESIDENTE, pues hoy en día te pueden “investir” doctor incluso sin tesis, con la simple evaluación positiva de cuatro artículos, creo recordar, según las últimas reformas legislativas… (Por cierto, desconozco si ese sistema se está utilizando en la práctica, o no. Sería bueno que os ilustrara sobre ello, si tiene información, que estoy seguro de que sí).

    Quisiera hacer unas reflexiones como fruto de mi experiencia como profesor en la UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA, y en otra privada, la ANTONIO DE NEBRIJA, en Barcelona:

    • Los que están “dentro”, es decir ya son profesores, o becarios, etc., TIENEN UNA GRAN FACILIDAD PARA SER DOCTORES, sobre todo si son simpáticos -o simpáticas-, toman café con los jefes, y pagan siempre.
    • La gente de “fuera” de la muralla tropieza con grandes dificultades, pues muchas veces NADIE QUIERE DIRIGIRLES LA TESIS. He visto casos, con lo cual, si no encuentras un director, ¿cómo vas a alcanzar el doctorado?

    • En mi época en la UZ me pareció que a aquellos a los que se quería promocionar se les permitía que presentaran cualquier bodrio, para que alcanzaran el ansiado título de doctor, y estuvieran delante en la línea de salida, mientras que los que no caían bien recibían todo tipo de excusas, necesidad de rehacer textos, nuevas lecturas recomendadas, etc., para dilatar ad eternum su doctorado… ¿Estoy equivocado, o es correcta esa apreciación mía, obviamente subjetiva?

    • Ítem más, después de una dilatada vida dedicado a la docencia e investigación, tanto en universidades españolas como extranjeras, y aunque es la costumbre universitaria, ¿de verdad una persona de veintipocos años, ayuna de conocimientos prácticos, de experiencia de la vida, incluso de cualquier ejercicio profesional, puede HACER UNA TESIS DE CALIDAD…?

    Yo creo que la tesis es el colofón de una vida, aunque en nuestro mundo sea el inicio de una prometedora carrera universitaria, y debería ser escrita CON CUARENTA O MÁS AÑOS, Y ABUNDANTES EXPERIENCIAS, DOCENTES Y PROFESIONALES, EN SU CASO.

    ¿Estoy equivocado?

    (En otras palabras, le invito a reflexionar y escribir sobre ello, en la seguridad de que ya lo ha meditado muchas veces).
    Reiterando mi felicitación POR LA CALIDAD Y CLARIDAD DE SU ARTÍCULO, le saludo muy cordial y afectuosamente, con mis mejores deseos para usted y los suyos.

    1. Estoy totalmente de acuerdo con lo expuesto por Sr. Ramiro Grau. Estoy seguro de que él podría escribir esos artículos, complementarios al mío, que me pide que haga. Por desgracia para la Universidad de Zaragoza, los que mandaban entonces, que son los mismos que mandan ahora, le pusieron todo tipo de inconvenientes para que no pudiera ser doctor por esa universidad.

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