ROBOS CALLEJEROS CONSENTIDOS


Por SANTIAGO MOLINA GARCÍA (catedrático jubilado, Universidad de Zaragoza)

Manuel Santiago Molina, Catedrçatico de Universidad y escritor
Manuel Santiago Molina, Catedrático de Universidad y escritor

Antes de escribir este artículo, he dudado mucho debido a la vergüenza que me produce que los lectores y lectoras conozcan que, a pesar de mi edad y experiencia, soy susceptible de ser timado por cualquier jeta que se acerque a mí. Al final, un par de amigos me han incitado a que cuente públicamente lo que me ocurrió la semana pasada, aun a riesgo de que se rían de mí. Según ellos, al publicarlo contribuiré a evitar que otras personas puedan ser víctimas del mismo, o de parecidos timos.

A primera hora de la mañana estaba dando el paseo que hago diariamente. Al atravesar una esquina próxima a la Avenida de Madrid (la arteria principal del barrio zaragozano de las Delicias, en el que vive el mayor número de emigrantes de la ciudad) se me acercó un señor bien vestido, educado y con un modo de hablar que denotaba que era árabe. Me saludó cortésmente, me dijo que vivía en mi misma urbanización, que se dedicaba a comprar frutas en las fincas de la provincia de Zaragoza y que luego las vendía a pequeñas fruterías con su camión. Me hizo saber que se sentía un poco marginado por parte de los vecinos de la urbanización, excepto por mi esposa, y que por ese motivo ese mismo día pensaba regalarnos una banasta de cerezas, cosa que le agradecí de corazón. Como da la casualidad de que yo no conozco a la mayoría de los vecinos de mi urbanización (llevo viviendo en ella desde hace un año y tampoco soy muy sociable) y que, además, me consta que hay un vecino que se dedica a comprar y vender frutas, me creí todo.

Inmediatamente después me dijo que el sábado siguiente se casaba un hijo suyo, que la boda la iban a celebrar en la urbanización y que a los únicos vecinos que iba a invitar eran a mi esposa y a mí. Le di las gracias y a continuación me rogó que le prestara el anillo que yo llevaba puesto, ya que tenía que mostrarle al sacerdote el anillo nupcial y lo había olvidado en su casa. Como hasta entonces el tipo se había comportado de forma muy correcta, en lugar de negarme le hice ver que no me salía del dedo, y ahí fue cuando él se dio cuenta de que había triunfado. Me solicitó que le mostrara el dedo y en un santiamén me lo arrebató, dejándome claro que me lo devolvería ese mismo día al final de la jornada, junto con la banasta de cerezas. Me quedé unos segundos dudando si debía lanzarle un puñetazo, o si lo más útil era gritar pidiendo ayuda, pero cuando por fin quise reaccionar el tipo había desaparecido por una calle adyacente.

A las pocas horas puse una denuncia en la policía y al día siguiente me llamaron desde la brigada de policía judicial para ver si era capaz de identificar al ladrón. Como yo había dejado claro en mi denuncia que el tipo era árabe, solo me mostraron el listado de los árabes indocumentados que ellos tenían fichados. Al ver el elevado número de fichas policiales que me mostraron (no las conté, pero el montón era inmenso), me quedé perplejo y pregunté que cómo era posible que tuvieran a tanta gente fichada y que, sin embargo, estuvieran por las calles tan tranquilos. Mi perplejidad fue aún mayor cuando me hicieron saber que lo que me habían enseñado era simplemente una pequeña muestra de los emigrantes indocumentados con ficha policial en la ciudad de Zaragoza. Después de examinar de manera concienzuda ese montón de fotos, seleccioné al que yo creía que era el que me había timado y robado. Mi perplejidad llegó al paroxismo cuando supe que al tipo que yo había seleccionado lo habían detenido más de cincuenta veces y que los jueces lo habían dejado en libertad otras tantas.

Acabé pidiendo perdón al policía que me atendió, por haberle obligado a perder parte de su valioso tiempo atendiendo a una persona que se había dejado robar de una manera tan estúpida. No solo me insistió en que se había limitado a hacer lo que su código deontológico le exigía, sino que, además, me tranquilizó cuando me hizo saber que en la misma mañana, ese árabe había robado las joyas a tres mujeres con idéntica estrategia que la utilizada conmigo, y que incluso era probable que hubiera robado a más personas, puesto que una buena parte de las víctimas ya ni siquiera se molestan en poner las denuncias sabiendo que solo sirven para engordar las fichas policiales de semejantes granujas.

Después de esa experiencia, son muchas las reflexiones que he realizado para tratar de explicarme cómo es posible que haya tantos ladrones y timadores paseando impunemente por las calles de las grandes ciudades de nuestro país. Como es fácil suponer, he encontrado muchas explicaciones causales. Sin embargo, solo me referiré a las dos que considero más graves desde el punto de vista sociopolítico.

La primera hace referencia a la situación social en que se encuentran miles de inmigrantes sin papeles y sin trabajo. En esa anómala coyuntura, lo lógico es que traten de salir adelante trapicheando, timando, robando, o haciendo cosas peores. Es evidente que no todos los emigrantes sin papeles cometen actos delictivos, pero también lo es que, en la situación en que se encuentran, la salida más fácil es tratar de vivir a costa de los honestos españoles que pagamos impuestos. Si por los motivos que fueren, ese ejército de maleantes no puede integrarse en nuestra cultura, bien sea por la incapacidad de los gobiernos, o bien porque ese colectivo se niega, yo me pregunto: ¿es que no hay posibilidad legal de expulsarlos de nuestro país, o más bien es que no hay voluntad política para hacerlo? No cabe ninguna duda de que lo ideal sería poder separar el trigo de la paja y, en consecuencia, conceder papeles y trabajo a quienes se lo merezcan y expulsar a los sinvergüenzas.

Desde mi punto de vista, la segunda explicación es la existencia de un código penal que impide condenar a los pequeños delincuentes. Probablemente haya razones jurídicas para argumentar que el tipo de delitos que he narrado no deben ser sancionados con cárcel, pero no creo que nadie con sentido común defienda que esos pequeños delitos no sean acumulables. Si lo fueran, a partir de un determinado número sus autores podrían ser encarcelados por el tiempo que los expertos estimen conveniente. De ese modo se evitaría el terrible espectáculo que pude constatar yo: que haya un auténtico ejército de delincuentes con ficha policial, en la que constan centenares de delitos reconocidos por sus autores, pululando alegremente por nuestras calles. En esa situación resulta un milagro encontrar policías que todavía crean que sirve para algo jugarse el tipo cada día, como se lo juegan ellos y ellas, cuando la legislación les deja con el culo al aire.

10 Comments

  1. Varios comentarios:
    1. En España los delincuentes tienen más derechos que sus víctimas.
    2. A los delincuentes extranjeros se les trata todavía mejor que a los españoles, entre otras razones porque a las primeras de cambio se dedican a denunciar a los policías actuantes, acusándoles de malos tratos, etc.
    3. Y encima, si eres EXTRANJERO, DELINCUENTE E INSOLVENTE, todo te da igual, pues ni pagar la multas que te impongan, en su caso, ni nada de nada.
    4. Y si te mandan a prisión, creyendo que te hacen una faena, en realidad te están haciendo un favor, pues tendrás tres comidas calientes diarias, duchas, una buena habitación…, y hasta piscina, que en verano siempre es de agradecer.
    5. Y si tienes “la suerte” de estar más de seis meses en la cárcel, A LA SALIDA RECIBIRÁS UN SUBSIDIO POR DESEMPLEO DE DIECIOCHO MESES, con lo cual habrás solucionado DOS AÑOS DE TU VIDA, por cuenta del erario público, es decir, de nosotros.
    (A muchos delincuentes lo que más les preocupa es que no les tengan más de seis meses en prisión, pues entonces se quedan sin el “chollo” del desempleo. DESEMPLEO QUE PAGAMOS NOSOTROS, OBVIAMENTE). ES UNA PRESTACIÓN PARA FACILITAR SU “REINSERCIÓN SOCIAL”, PERO QUE ES compatible con la prostitución, el tráfico de drogas, los nuevos robos y hurtos, etc.
    ¡Vamos que tienen el doble de ingresos, “los fijos” y los otros).

  2. Pues cuando yo era joven, hace más de treinta años, en las ciudades no habian tantos inmigrantes y los pequeños robos estaban igualmente a la orden del dia. Robaban la cartera y las joyas que las mujeres llevábamos encima. A mí de joven me abrieron el bolso en un descuido y en otra ocasión me arrancaron de un tironón, una joya de oro que llevaba al cuello, en la calle y a plena luz del dia. Tampoco entonces nos molestábamos en denunciar, porque en ciudades como Madrid y Barcelona era el pan nuestro de cada dia. Siempre han existido los robos, los engaños y las estafas. No las han inventado los inmigrantes.
    Por cierto hace poco me intentaron estafar por teléfono y la voz era de una perfecta española.

    1. Señora Juana: Estoy de acuerdo con usted en que siempre han existido ese tipo de robos en las grandes ciudades y que, por lo tanto, no los han inventado los emigrantes. Los grandes literatos de este país dejaron constancia de esos robos en sus obras literarias. Sin embargo, creo que entenderá que si a mí me robó un inmigrante sin papeles y que si, además, vi la enorme lista existente de emigrantes ilegales fichados por la policía que circulan libremente por nuestras calles, no tengo otro remedio que centrar todo el artículo en ese tipo de personas.

  3. Profesor, siento mucho lo que le ha sucedido, y si le sirve de consuelo, le diré que a mi me sucedió algo parecido.
    Es una vergüenza, pero vivimos en una sociedad en la que cuánto mejor persona eres, PEOR TE TRATAN LOS DEMÁS.
    De cualquier forma, celebro que lo cuente, pues creo puede ayudar a muchos a no caer en lo mismo.
    Gracias y cordiales saludos.

  4. Don Santiago, leyendo su excelente artículo me quedan claras dos cosas:
    – Que es usted una buena persona, y
    – Que es excesivamente confiado en la bondad de los demás.
    Estamos rodeados de hideputas, y hay que andarse con mucho, muchísimo, cuidado.
    De cualquier forma, su trabajo ES MUY PEDAGÓGICO, pues servirá para que otras personas ACTÚEN CON LAS DEBIDAS PRECAUCIONES Y CUIDADO.

    1. Es la sociedad, osea todos, los que hacemos que hayan hideputas. Por mucho que nos quejemos y denunciemos no van a desaparecer. Necesitamos reformas mentales y morales en todos y cada uno de nosotros para que nuestra sociedad mejore.

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