ESCENARIOS CON MAGIA. LOS AGUARALES DE VALPALMAS

31 Ene

Antonio Tejedor Garcia. Escritor y Profesor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

No voy a hacer ningún tipo de comparación con otros paisajes que sirvan para dar realce a los Aguarales. Cada espacio tiene su encanto y su esencia, y no por ser más o menos pequeño se le ha de desconsiderar o despreciar. No olvidéis el dicho: la esencia, en tarros pequeños. Entiendo la lógica del tamaño, el éxtasis del público ante lo grande, ese espacio que supera las expectativas creadas y extiende ante su mirada la dimensión de lo inalcanzable. Si viajamos al cañón del Colorado es fácil caer en la alabanza porque sus gigantescas dimensiones lo dicen todo, aun sin contar con tanta belleza. Lo mismo sucede en Capadocia, Turquía. La variedad de formas y estructuras creadas por la naturaleza aplastan, colocan ante los ojos esa frase tan manida sobre la realidad y la imaginación.

En los Aguarales de Valpalmas, a unos 70 km de Zaragoza, el tamaño no asusta; lo que no quiere decir que eso le reste atractivo. Los Aguarales responden a un paisaje escrito por el agua sobre la tierra. Un paisaje escrito a ratos perdidos, podríamos decir, cuando a las nubes le dan por descargar sin preocuparse de la cantidad y el torrente esculpe torrecillas y pináculos -tan parecidos a las chimeneas de hadas-, o se cuela por las grietas y la filtración forma oquedades de diverso tamaño que a veces acaban en desplome. Un paisaje vivo, cambiante con cada tronada. El agua y el viento siempre han tenido una paciencia de años y aun de siglos para crear unas esculturas en las que lo primero que se aprecia es su fragilidad. Cualquiera de ellas lleva prendida la etiqueta de milagro.

Valpalmas es un pequeño municipio de las Cinco Villas en cuyo término están situados estos espacios tan singulares. Al salir del pueblo, tomamos la carretera de Piedratajada y a unos kilómetros nos encontramos con el lugar. En la entrada leemos el cartel informativo y buscamos los puntos de observación. Hay un recorrido a lo largo de la parte superior, en el límite de los sembrados de cereal, y entre plantas aromáticas como el tomillo o el romero. Después, bajamos al pequeño barranco. El camino está delimitado por balizas y se recomienda vehementemente no tocar las formaciones, dada su inconsistencia. Con mirarlas o dejar constancia del momento con alguna fotografía, suficiente.

Una de las mejores recomendaciones es soltar la imaginación, jugar a hacerse niño y volar, soñar mil aventuras. En realidad, es difícil sustraerse a la ensoñación, al vuelo sobre las chimeneas y a refugiarse en las oquedades para sortear los peligros. Entonces, es posible que llegue el susto por la salida inesperada de un abejaruco o una musaraña en busca de su ración diaria de insectos. No importa, están en su hábitat y no se meten con el viajero como el viajero tampoco ha de meterse con ellos. Hay sitio para todos.

Continuamos el recorrido observando las formas caprichosas que los agentes de la erosión ha llevado a cabo durante miles de años. Algunos gustan de entretener el paseo con la búsqueda de similitudes, de fauces de dragones o agujas de catedrales, de gnomos y de seres mágicos que nos proporcionen algún elixir. Si es el de la eternidad, mejor. Cuando despertemos, a comer. No muy lejos de allí está Luna, con un par de restaurantes donde satisfacer el hambre o probar unas croquetas de boletus, trompetillas, jamón y alguna otra delicia más en el bar de mi amigo Plou.

Que aproveche.

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