De la progresía y otras hierbas

31 May

Antonio Tejedor. Profesor y Escritor

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

El control de los medios de comunicación social permite a cualquier tipo de poder desde adoctrinar hasta mentir, a conveniencia, y por el camino seguir los pasos intermedios de formar, informar y entretener, que es para lo que se supone deberían existir. La manipulación y tergiversación de los hechos es tan frecuente que se ha dejado de tener por pecado.”Sufro como un perro al leer la prensa”, decía García Márquez, que había sido periodista en su Colombia. Y para el que quiera profundizar en el tema le recomiendo un libro de Umberto Eco, Número Cero, en el que desentraña los entresijos de la prensa.

Prensa escrita, televisión, redes sociales… A través de ellas, cuando interesa, deforman. Empezando por las palabras. Las exprimen, las retuercen, las mezclan y cuando queremos darnos cuenta de su significado original no hay noticias. La manipulación del lenguaje es uno de los logros del poder y a través de él nada se les pone por delante a la hora de defender las cuestiones más peregrinas sin importarles -¡faltaría más!- cualquier contradicción de orden ético o moral. De esta manera son y han sido capaces de llamar intervención a la invasión de un país, o misión humanitaria a una guerra o, en plan más casero, regularización de activos a una amnistía fiscal. No es difícil encontrar discursos en los que se retuercen los hechos más injustos y terribles para que puedan ser digeridos con facilidad.

En otras ocasiones, esta contorsión del lenguaje se hace al revés; es decir, palabras amables y que suenan bien al oído se ensucian o convierten en chistes, las distorsionan y hacen pasar por norma cuando son solo excepciones y al cabo, acaban desprestigiadas y por el suelo. Esto es lo que ha pasado con la palabra progresista. De entrada, la han cercenado, la han cortado a progre y al progre lo han vituperado hasta dejarlo en un personaje, cuando menos, anacrónico. Mal visto, sujeto a cualquier chascarrillo. Y a cualquier insulto o desprecio cuando la cabeza no da para una razón (lo que sucede con bastante frecuencia). Han restringido su significado a una política y a una época. Este es el concepto que generalmente se tiene de la palabra progresista.

Pues bien, en defensa de la palabra y de cuantos se adhieren a ella y a su significado real y auténtico, tengo que recordar que progresista es un antónimo de conservador. O sea, una persona de ideas y actitudes avanzadas. En todos los órdenes de la vida, no solo en el ámbito de la política y la sociología. Una persona que no se conforma y pretende mejorar su vida y la de cuantos conviven a su alrededor. Sin atropellar a nadie, de forma legal y justa. No es un pura raza, por supuesto, y ninguno ha sido elevado a los altares. Es posible que los hechos no siempre sigan a las palabras, que haya poses, un poco de teatro. Lo de la viña del señor, que además de todo, también admite picaresca. Muchos se han quedado por el camino, perdieron la chaqueta de pana y ahora lucen bañadores Vilebrequin sobre la cubierta del yate. Pero todos tienen derecho a cambiar. Allá cada cual con sus razones.

La esencia del conservadurismo reside en mantener lo que se tiene, posesiones, ritmo de vida, tipo de sociedad. Están satisfechos y se niegan a que las cosas cambien. Recelan de cualquier novedad porque piensan que les va a perjudicar; eso sí, como suelen disponer de dinero, compran esos inventos si pueden rentabilizarlos. Ese es su auténtico dios y el baremo de todas las cosas: el dinero. Si no hay ganancia por medio, cualquier cambio puede esperar. Simplificando (que es gerundio) lo que produce dinero es bueno y lo demás no tiene sentido o es muy secundario. Solo si hay previsión de dinero se puede aceptar el cambio.

Por supuesto que el progre de chaqueta de pana y pelo largo ha desaparecido. Mejor dicho, ha desaparecido una estética, que es una de las múltiples formas de manipulación, la de querer convertirlos en una moda, y como tal, pasajera. La persona progresista es, fundamentalmente, una persona crítica, no obediente by default, la que exige participación y transparencia en la gestión pública, la que lucha por mejorar las condiciones de su vida y la de cuantos conviven a su alrededor. Quienes defienden la escuela y la sanidad pública, gestionada sin corrupción y bajo pautas económicas y sociales –está bien que exista la privada, pero que la pague- o unas pensiones dignas en vez de la falacia de los planes de pensiones son progresistas. Quienes pretenden una justicia justa y no mangoneada por ningún partido político, son progresistas. Quienes se enfrentan a los abusos de bancos y eléctricas, por poner ejemplos claros y cotidianos, también son progresistas. De igual manera, también lo son los que luchan por la igualdad de la mujer en todos los ámbitos, los que defienden la no discriminación por razón de sexo, raza, religión o quienes protestan contra las atrocidades empresariales que destrozan el planeta. Los que se opusieron a la guerra, incluida la de Irak y tras la cual han llegado los terribles atentados terroristas del Daesh o Al Qaeda también son progresistas.

Y así podríamos continuar con infinidad de temas. Sin que exista, repito, la pureza de raza. Porque se puede ser progresista en unos temas y conservador en otros. Y tampoco está reñida la progresía con mantener un tipo de vida digno, que ojalá pudiera llegar a todos. Lo que no hará un progresista es sostener con su voz y su voto un gobierno corrupto y que utiliza la justicia en su beneficio como personas y como organización.

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Una respuesta to “De la progresía y otras hierbas”

  1. Astolgus 31 mayo, 2017 a 10:32 #

    Creo que no es la primera vez que le digo a D. Antonio: ¡chapeau! comentario magistral sin objeción posible, aclarador y completo. Efectivamente la palabra “progre” es utilizada por algunos como peyorativa y su significado es un antónimo de “conservador”

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