PARA MATARTE NO HACE FALTA PEGARTE

12 May

Por Delia Gil. Autora de la serie de artículos sobre el mobbing en la sanidad aragonesa

Delia Gil

Así es, para martirizar a una persona no hace falta ni tocarla un pelo; aunque la realidad es, que quien comienza un acoso continuado con éxito, se acaba animando y en algún momento incluye el ataque físico.

Según M. F. Irigoyen, una doctora en la materia: “Mediante un proceso de acoso moral, o de maltrato psicológico, un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. El ensañamiento puede conducir incluso a un verdadero asesinato psíquico”.

Yo añado que también puede conducir al asesinato físico y todo sin tocar a la persona ni lo más mínimo. Por acoso psicológico persistente, se han dado casos de suicidio, de infarto o de cáncer.

Por ejemplo en mi caso: yo tenía casi una hora de camino de mi casa al hospital y en ese tiempo, por agotamiento y falta de concentración, me podía haber ido directa al otro barrio.

Cuando se trabaja con alta tensión la persona está en todo momento en estado de alerta, concentrada cada minuto en lo que hace y preocupada constantemente de no cometer ni un solo fallo y eso es agotador. La persona consume todas sus energías.

Cuando salía del hospital me liberaba, pero estaba tan cansada, tan extremadamente agotada, que el camino de vuelta a casa era puramente automático. Tan automático que en muchos momentos me dormía. Era cuestión de unos segundos, pero ya sabemos que en la conducción los segundos cuentan.

Además, con el estrés, llegué a perder mucha capacidad de concentración, hasta tal punto que por eso me dieron la baja durante casi un año.

Llegué a tener pánico de coger el coche. La doctora se resistía a darme la baja, estaba empeñada en que yo aguantara, pues pensaba que los de Salud Laboral acabarían solucionando el problema, hasta que vio que yo había llegado al límite.

En ese momento yo ya no veía ni lo que tenía delante de mis narices: en un par de ocasiones casi choco con otro coche. Entraba en las rotondas sin darme cuenta si había o no algún otro coche que tuviera preferencia. Literalmente, es que no veía un auto a más de dos palmos. Mi doctora acabó por darme la baja porque como dijo ella: “Esa gente te va a matar”.

Otra cosa es el estado de la cabeza, se te vuelve del revés, todo por culpa del martirio al que te someten. Llega un momento que ante tanta impotencia, por quitarte el sufrimiento de encima, te sientes que has caído en un pozo o en un agujero negro; quieres salir de él pero no puedes. La impotencia te lleva a la angustia y a la depresión y cada vez te vas hundiendo más en el agujero negro. Tienes la sensación de que no vas a salir nunca de allí.

Entonces, cuando estaba en la carretera de vuelta a casa, pensaba: ¡Qué fácil sería acabar con el martirio!, un giro muy rápido de volante y…¡Adiós a todo! ¡A descansar en paz en el otro mundo!

Pero, la cuestión es que tengo dos hijos que en mis peores momentos eran adolescentes y mi instinto materno me impedía abandonarlos en este mundo. Tenía que seguir al pie del cañón; no tenía más remedio que continuar.

Por cierto, el perverso del Jefe se cabreaba cada vez que me daban la baja. Le sentaba tan mal que decía a todo quisque que mi doctora me regalaba las bajas.

Hasta tal punto llegó su perversidad que envió varias notas a Dirección comunicándoles mi ausencia en el trabajo, dando la casualidad que, en todos los días que denunció, yo estaba de baja por enfermedad; porque he tenido muchas a lo largo del camino.

Y su malicia se juntó con la de otro ser grandemente perverso, el Director, y éste aprovechó esas notas falsas de ausencia para incluirlas en mi primer expediente.

Y la malicia del Director se juntó con la perversidad de los jueces aragoneses, muy machistas ellos, que no se dignaron ni a mirar las alegaciones que mi abogado presentó porque tenían claro que la mala era yo. Es decir, pasaron olímpicamente de mi presunción de inocencia. Habían decidido desde un principio que yo, como mujer, era la culpable de todos los problemas del Servicio donde trabajaba.

Y así es como la violencia machista se perpetúa gracias a los jueces.

Este es mi caso, pero os aseguro que hay muchísimos parecidos, tanto de mujeres como de hombres.

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