Padres a la gresca

27 Mar

Antonio Tejedor García. Escritor y Profesor

Correo del autor: espikap@Hotmail.com  Blog: www.lagartosquebrada.blogspot.com

Antonio Tejedor García

Antonio Tejedor García

El cinismo de esta sociedad, si no asombra más cada día, es porque nos tiene curados de espanto. ¿A cuento de qué tiran de aspaviento mediático y se rasgan las vestiduras por unos padres que se pelean en un partido de fútbol? ¿No lleva esta sociedad de fariseos, años y años machacándonos la cabeza domingo a domingo y sábado a sábado con que lo importante es ganar, que el segundo es el menos malo de los perdedores, que solo vale la victoria aunque sea de penalti injusto y se haya acabado el tiempo de juego? Decía Ryszard Kapuscinski que cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante. Pues lo mismo ha pasado con el fútbol: desde el momento en que se percataron que el rodar de la pelota generaba jugosos dividendos el juego pasó a un segundo lugar o para ser sinceros, desapareció al último puesto de la clasificación. Pregunten al forofo del Madrid, del Barça o del Zaragoza, que lo tenemos más cerca, y sorpréndase al saber a cuántos les importa la forma en que gane el equipo. Busquen en qué club de alevines, por poner un ejemplo, se trabaja el fútbol como deporte y como medio de reforzar lazos personales de unión, compañerismo, solidaridad, respeto al contrario, dignidad… Pregunten a entrenadores y padres si cortan drásticamente las actitudes de estos mismos niños cuando engañan al árbitro, hacen teatro en el área, provocan a los jugadores contrarios para que les saquen tarjeta o les expulsen o cualquier otra pillería. ¡Les ríen las gracias! Qué listo, dicen con una sonrisa de oreja a nuca. La victoria, lo único importante. El cómo se consiga no importa absolutamente nada. Este es el mensaje diario de las televisiones que enviscan a los aficionados, que buscan los detalles morbosos, que tiran de la lengua a los jugadores para provocar la confrontación. ¡No sabemos vivir sin enemigo! O no nos dejan vivir sin enemigo, que es diferente. El código moral que enlaza la cultura con el respeto y la decencia lo han destrozado y nos imponen el egoísmo, el enriquecimiento y el exhibicionismo del éxito.

Todo esto, a nivel genérico. Si descendemos al individuo, al nivel personal, nos encontramos con el forofo, el fanatismo rancio, la lealtad ciega a la tribu. Aplaudir y silbar, vitorear y odiar, piropear e insultar. Ni un solo segundo para la reflexión, el análisis, la objetividad, el espectáculo imparcial. En esta bandeja se sirve el primer plato de cada comida, seguido de una buena ración de futuro orgullo que el padre sueña por los éxitos de la figura en ciernes. ¿Qué esperamos, pues? Los padres solo tienen ojitos para su hijo, se extasían ante la maravilla de jugador que tienen, capaz de regatear al sol y marcar un gol al arco iris y ya se relamen porque con tales habilidades el niño le sacará de penurias y del trabajo o del paro y saldrá en las televisiones, porque su hijo es el próximo Messi y él es su padre. ¿Hipérbole? En absoluto. Hagan oreja en cualquier campo de fútbol.

Fe, eso tienen ante el hambre de notoriedad desaforada. Fe es creer en lo que sabemos que no existe, decía un obispo francés allá por el siglo XIV, pero es el alimento indispensable para mantenernos de pie. Mientras haya fe, el mundo continuará sin derrumbarse (y si eso sucediera, la cambiarían por otra fe distinta). Los romanos tenían panem et circenses (pan y circo) y con eso contentaban y entretenían a la masa. Aquí, algunos se han quedado con casi todo el pan; pero, eso sí, circo lo hay a espuertas. Lo llaman fútbol, pero el resultado es el mismo.

Después escucho las soluciones que propugnan algunos y tengo que apagar la tele o cerrar la prensa ante tanta ceguera. Propugnan la prohibición de entrar a los padres a los partidos y entrenamientos (ya lo ha hecho el At. Madrid para evitar presiones a los chicos –ni entrenando los dejan en paz-). Piden expulsiones y castigos para niños y padres con todas las derivaciones que se les ocurra. Siempre la disciplina, la condena. Una sociedad violenta todo lo soluciona a garrotazos, jamás va al germen del conflicto y busca allí el remedio. Aunque sea más costoso y más largo. Por suerte, hubo alguien que habló de educación, de aprender a comportarse como personas y aquellas palabras retumbaron como si hubiera sonado un disparo en mitad del concierto.

Educación, sí señor. Respeto. ¿No se le había ocurrido antes?

Respeto al árbitro en el campo de fútbol, al maestro en la escuela o al médico en el hospital. A cualquier persona en cualquier lugar. Las diferencias se debaten con palabras, no con puñetazos.

Educación, ¿qué cosa, verdad?

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Una respuesta to “Padres a la gresca”

  1. Esperanza 27 marzo, 2017 a 17:02 #

    ¿Educación? Eso ya nadie sabe qué es. Nos tratamos todos a patadas y sin la menor consideración. Necesitamos un gran cambio de mentalidad social.

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