Los jueces

24 Mar

El autor reflexiona sobre la forma que tienen los médicos de juzgar a sus pacientes y les anima a evitar “esa costumbre tan inevitable como humana de juzgar a los demás de acuerdo a nuestros principios”.

Hola, cómo está, soy su médico, y soy el juez que va a juzgar su vida, su aspecto, su comportamiento, sus ideas y creencias, desde este momento y hasta que dejemos de vernos (bien porque le cure, o porque desista de curarle, o si soy su médico de cabecera, porque me jubile o, lo que es más probable, porque usted se mude o yo me traslade). Obviaremos en esta fantasía la posibilidad de la muerte del paciente, el médico o ambos, que para algo somos médicos y nos enseñaron a estar siempre luchando contra esa señora (que siempre gana, tarde o temprano, por cierto).

Esta parrafada podría perfectamente estar detrás del apretón de manos inicial con el que es recibido el paciente en una consulta o en un servicio de urgencias, en el caso venturoso de que las iniciativas pro-humanizadoras lleguen a buen puerto y a los médicos nos dé al fin por presentarnos a los pacientes. Estrechar la mano ya sería de nota para algunos (a los que seguramente les costaría controlar un gesto a lo Robbie Williams).

Y en el mejor de los casos, dicha retahíla permanece fuertemente anclada en el subconsciente. En el peor de ellos, aflora al consciente de los gestos y hasta de las palabras, en desgraciados comentarios “de salón” con otros colegas, o con familiares y amigos receptores de las clásicas anécdotas graciosas (y rancias, si no desagradables) del chistoso médico. O lo que es aún más grave, en reproches lanzados a la cara de personas que acuden a nosotros desde la fragilidad de la enfermedad, o la fantasía de la misma, que lleva siempre aparejada una fragilidad psíquica, y se encuentran a jueces malencarados encaramados en atriles construidos con la presunta sabiduría científica y el poder que da una bata blanca y un fonendoscopio al cuello.

Tal vez seamos reacios a reflexionar sobre ello, pero hasta el más compasivo de nosotros tiene que hacer un esfuerzo ímprobo para no juzgar a quien se sienta delante de él: cómo se habrá dejado tanto para estar tan gordo, cómo puede llevar veinte años fumando dos cajetillas, cómo quiere que no le duelan las rodillas si no se mueve del sillón, cómo puede tener tantas parejas sexuales, y de su mismo sexo, cómo puede no dar el pecho al bebé, cómo puede no querer que le trasfundan, cómo puede quedarse embarazada de su sexto hijo, cómo puede decir que no quiere una gastrostomía para seguir alimentándole, etc, etc, etc.

Inevitablemente, llevamos en nuestro interior un rector de la conducta, somos el patrón oro para nuestros pacientes, hasta el punto que nuestros propios defectos, al reconocerlos en ellos, son nuestra única parte realmente compasiva. Por ejemplo: si el médico está gordo, juzgará otros aspectos de la vida de su paciente, pero pasará como el viento por encima de su obesidad, porque al fin y al cabo, ésta está grabada en su patrón oro. Igual la solución a este dilema sería que los médicos acumuláramos cientos y cientos de defectos para no dejar nunca de ser seres humanos compasivos, pero como ya sabe todo el mundo, los defectos de la clase médica se eliminan en primero de carrera, quizás en el mismo acto en el que, como creen otros compañeros sanitarios de distintas profesiones, nos introducen un palo por una delicada zona que nos obligará a permanecer erguidos toda nuestra vida.

Esta generalización tan terrible es cruel e injusta, obviamente, pues el arco que nos encierra y describe a los miembros de esta mi clase (la médica) es tan amplio como aquel al que cantaba Judy Garland. Pero exponerla de forma tan feroz y desagradable tiene como único objetivo empujar a quien esté dispuesto a ser empujado (absténganse seres perfectos, o con fantasía de perfección) a que se despoje de esa costumbre tan inevitable como humana de juzgar a los demás de acuerdo a nuestros principios, y aplicar con mayor devoción en el ejercicio de nuestra profesión, ese segundo mandamiento que decía el catecismo católico que encerraba todos los demás: “amarás (en nuestro caso, tratarás) al prójimo como a ti mismo”.

Origen: Los jueces – DiarioMedico.com

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